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El Origen del Pensamiento

Adolfo hizo un leve movimiento de indiferencia con los hombros sinpronunciar
palabra.
—Es que como ya son cerca de las diez menos cuarto...
Adolfo era realmente un hombre superior, como se verá en el curso de lapresente
historia. Hablaba poco, reía menos, y el espectáculo de laspasiones humanas no
lograba turbar el vuelo elevado de sus pensamientos.Sin embargo, al cabo de un rato,
observando la impaciencia de su amigo,traducida en vivos movimientos
descompasados que hacían rechinar lasilla y ponían en peligro inminente la botella
del agua y las tazas decafé, levantó los ojos hacia él, y una benévola sonrisa de
compasión seesparció por su rostro reflexivo. Mario, que admiraba profundamente
aAdolfo, se puso colorado a hizo esfuerzos colosales para estarsequieto.
—¡Al fin!—exclamó a los pocos instantes, viendo aparecer por la puertaa un
caballero alto, de figura distinguida, vestido con exquisitaelegancia.
Pero en vez de manifestarse alegre, como era de esperar, su fisonomíaadquirió la
misma expresión que si viera un fantasma.
D. Laureano, que, aunque viejo, conservaba en su rostro fino, expresivo,adornado
con pequeño bigote, la mejor prueba de los numerosos triunfossobre el sexo femenino
que se le atribuían, acercose lentamente, con uncigarro puro en la boca, fijando su
mirada en todas las mujeres que porallí había sentadas. Saludó alegremente a los
jóvenes, con la mismalibertad y franqueza que si fuera uno de ellos, dio un par de
palmadaspara llamar al mozo y dirigió unas cuantas sonrisas amicales a
losparroquianos de las mesas inmediatas.
—Aquí tiene usted a Mario deshecho de impaciencia. Ya preguntaba siestaría usted
enfermo—dijo Adolfo.
—¿Pues?... ¡Ah, sí!... No me acordaba que debo presentarle a suJulieta... ¡Oh! ¡La
juventud!... ¡el amor!... ¡Qué pena para mí veresas cosas ya de lejos!—añadió con un
suspiro.
Pero sus ojos codiciosos, atrevidos, dirigiéndose al mismo tiempo haciauna
hermosa mujer sentada cerca del mostrador, pregonaban bien claro queno andaban tan
lejos como decía.
—Usted me permitirá que tome café, ¿verdad?—preguntó en tono de burlaa Mario.
Éste sonrió, ruborizándose.
—Tome usted lo que quiera. No hay prisa.
—Muchas gracias.
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