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El Origen del Pensamiento

Al principio nuestro joven iba dos veces por semana a pasar un ratitodespués de la
oficina a casa de D. Pantaleón. Poco después, un día sí yotro no; luego, todos los días.
Esto sin perjuicio de verse y hablarsediariamente en el café del Siglo y de las salidas
extraordinarias a misay a tiendas, en que casualmente se tropezaban. Pero no bastaba
todavíaa calmar las ansias amorosas del escultor. Todavía ideó el acudirtambién
algunas mañanas a casa de su novia con diferentes pretextos;luego descaradamente y
todos los días. De modo que, lo que decíaconfidencialmente D.ª Carolina a la señora
Rafaela:—Hija, estosmuchachos no me dejan tiempo para arreglar mi casa ni para
vigilar lacocina; no puedo cepillar la ropa a Pantaleón, no puedo escribir unacarta, no
puedo hacer una visita. ¡Siempre clavada a la silla en elgabinete! Luego, si
Presentación me ayudase un poco a soportar la carga;pero ¡que si quieres!
En efecto, cuando por algún apuro imprescindible D.ª Carolina la llamabapara que
se estuviese al lado de los novios, mientras ella permanecíafuera, Presentación
levantaba los brazos al cielo exclamando:
—¡Dios mío, qué pecado habré cometido para desempeñar tan joven estospapeles!
Y si la señora tardaba mucho, se escapaba diciendo:
—No puedo más. Dispensadme. Cuidado con ser buenos.
En vano la pobre Carlota le gritaba ruborizada:
—¡Niña, niña! ¡Por Dios, no marches!
—No puedo más—repetía huyendo,—no puedo más. La carga es superior amis
fuerzas.
D.ª Carolina, por estas y otras contrariedades, tenía frecuentes accesosde mal
humor; gritaba a sus hijas, las llenaba de improperios; a veces,de esta marejada
salpicaba también alguna espuma a Mario. Pero no sedaba por ofendido; al contrario,
sentía cierto deleite en que la mamá desu adorada le reprendiese, le tratase con tal
excesiva confianza: leparecía que de tal modo se acortaba cada vez más la distancia
quemediaba para ser su hijo.
Pero la gran dificultad para esto y para todo en aquella casa era D.Pantaleón. No lo
parecía. Mario hallaba en él un hombre grave, perodulce, afectuoso, de una cortesía
exquisita. Apenas se le sentía en lacasa. Sin embargo, D.ª Carolina, a quien trasmitía
sus órdenes, estabasiempre pendiente de ellas, y no daba jamás un paso sin consultarle
ypedirle la venia. Así que nuestro joven, a fuerza de sentir suinfluencia en todos los
momentos sin escuchar su voz, sin ver el ademánimperativo de su diestra, había
llegado a profesarle un respetoprofundísimo, una veneración sin límites,
contemplando su caraenigmática y misteriosa como la de un dios impenetrable.
Cuando letropezaba por los pasillos de la casa, y sucedía bastantes veces, porqueel Sr.
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