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El Origen del Pensamiento

De todas las calles céntricas de Madrid, la única que conserva ciertatranquilidad
burguesa que le da aspecto honrado y amable es la calleMayor. Entrando por ella
vienen a la memoria nuestras costumbrespatriarcales de principios del siglo, la
malicia inocente de nuestrospadres, los fogosos doceañistas, la Fontana de Oro, y se
extraña no vera la izquierda las famosas gradas de San Felipe. El café del
Siglo,situado hacia el promedio de esta calle, participa del mismo carácterburgués,
ofrece igual aspecto apacible y honrado. Hasta la horapresente no se han dado cita allí
las bellezas libres y nocturnas queinvadieron sucesivamente a temporadas muchos
otros establecimientos dela capital. Ni a primera ni a última hora de la noche reina allí
Príapo,numen impuro, sino su hermano Himeneo, protector de los castos afectos.
Cualquiera podría observar que una de las niñas, la más llena de carnesy redondita,
pagaba algunas, no todas, de las miradas que Mario enfilabaen aquella dirección.
Cuando esto acaecía, la joven sonreía leve yplácidamente mientras aquél hacía una
mueca singular que nada tenía desonrisa, aunque pretendía serlo.
Mario era un joven delgado, no muy correcto de facciones, los labios yla nariz
grandes, los ojos pequeños y vivos, el cabello negro, crespo yondeado, la tez morena.
Una frente alta y despejada era lo único queprestaba atractivo y ennoblecía
singularmente aquel rostro vulgar. Nosólo miraba con más recelo que entusiasmo
hacia la niña de la mesainmediata; también dirigía sus ojos asustados hacia la puerta
decristales que se abría y cerraba a cada momento para dejar paso a lostertulios. El
chirrido del resorte le producía vivos estremecimientos.
—¡Cuánto tarda hoy D. Laureano!—exclamó al fin en voz altadirigiéndose al
compañero que tenía enfrente.
Era éste joven también, de rostro pálido adornado con gafas; gastaba labarba y los
cabellos largos en demasía; su traje, más desaseado quemezquino. Ni respondió ni
levantó siquiera la cabeza al oír laexclamación de su amigo, atento a la lectura del
periódico que teníaentre las manos. Mario quedó algo confuso por aquella
indiferencia, yañadió sacando el reloj:
—Las nueve y media ya... Otros días está aquí a las nueve.
El mismo silencio por parte del joven de la luenga barba.
Una miradita a la puerta, otra a su regordeta vecina y un sorbo de caféfueron las tres
cosas que supo hacer para indemnizarse del desdén de sucompañero. Y se propuso
firmemente no volver a dirigirle la palabra.Pero a los cinco minutos sacó de nuevo el
reloj y, sin acordarse de supropósito, preguntó:
—Adolfo, ¿sabes si D. Laureano está enfermo?
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