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El Origen del Pensamiento

del extranjero, para destruir o evitar que se propagasen losresultados de sus
investigaciones. Así que no le sorprendió aquellanueva contrariedad. A pesar de sus
indignos perseguidores, estaba segurode llegar donde se había propuesto.
Pensó después encontrar algún hombre generoso, dispuesto a sacrificar suvida en
aras de la ciencia. Lo buscó con afán; pero no fue posiblehallarlo. Moreno, a quien
propuso indirectamente y con muchas reservashacerle un agujero de siete milímetros
de diámetro en el cráneo, por elfrontal, rechazó irritadísimo la proposición y se
mostró desde entoncestan huido que apenas lograba echarle la vista encima.
Entonces el ingenioso Sánchez, devorado por la pasión científica,anhelando
escrutar aquel gran misterio y temiendo fundadamente que siretrasaba su
descubrimiento algún otro sabio, nacional o extranjero, lecogiese la delantera, en un
rapto de admirable heroísmo, resolvióejecutar sobre sí mismo la experimentación. No
se le ocultaba quecorría grave riesgo de morir; mas, en el caso de que esto sucediese,
lahumanidad no perdería ninguno de los datos que había adquirido para sugran
descubrimiento. Escribió previamente una larga memoria donde seapuntaban con toda
claridad. Llegó el momento al fin. Encerrose en sulaboratorio; se colocó delante de un
espejo con todos los instrumentosnecesarios al alcance de la mano. Y tomando la
barrena fatal, comenzó ahoradarse la frente. La mucha sangre que brotaba le cegó. En
vano se laenjugó una y otra vez: necesitaba tener los ojos cerrados, lo cual hacíainútil
la operación. Además, cuando la barrena tocó en el hueso, eldolor se hizo irresistible.
Estuvo a punto de perder el sentido.Suspendió el experimento y pensó si sería mejor
que otro lo efectuase.Pero en tal caso no sería él quien sorprendiese el misterioso
origen delpensamiento, sino el operador. Nada podría revelar por su cuenta.Además,
la operación necesitaba llevarse a cabo con cloroformo: de esoestaba bien seguro. Una
vez cloroformizado, sus facultades mentalesquedaban en suspenso. ¿Para qué valía
entonces el agujero?
Se puso un trozo de aglutinante sobre la herida; vendose la frente conel pañuelo y
se dejó caer en una butaca. La tristeza y el desaliento seapoderaron de aquel hombre
ilustre. Era forzoso renunciar a la gloriadel gran descubrimiento que había de resolver
de una vez todas lasdudas, que confundiría para siempre las insensatas aspiraciones de
losidealistas y metafísicos. Tal vez ¡oh dolor! no se pasaría mucho tiemposin que otro
sabio tuviese la fortuna de hallar quien se prestase aexhibir el cerebro
voluntariamente; y entonces el nombre de aquel sabiobrillaría eternamente al través
de las edades, mientras el suyoeternamente quedaría sepultado en el olvido.
La voz dulce como un gorjeo de su nietecito Mario le sacó del letargodoloroso en
que yacía. El pequeño Mario solía subir a la guardilla ainterrumpirle en sus largos y
profundos trabajos. Para el fisiólogo eraun descanso la llegada del niño. Le besaba, se
entretenía algunosinstantes en charlar con él, y cuando le parecía que había
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