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El Origen del Pensamiento

Y sin pronunciar otra palabra, aquel hombre magnánimo, instruído por lasmusas, se
aleja gravemente, feliz porque tiene la conciencia del altodestino que la Providencia le
ha asignado.
¡Qué noche terrible para los desgraciados padres! Aunque les obligaron aacostarse
algunas horas, el sueño no cerró sus párpados ni un instante.Al amanecer estaban en
pie, con el semblante descompuesto, los ojoshundidos y rodeados de círculo oscuro,
testimonio de su acerbo padecer.
Y otra vez emprendieron aquel fatídico calvario por las calles,recorriendo las
oficinas de policía, el juzgado de guardia, las casas delos conocidos. Tampoco
hallaron noticia alguna. Las tinieblas másespesas seguían envolviendo aquel
misterioso secuestro. El juez parecíadesalentado. Ni las declaraciones de D.ª Rafaela
ni las del cojo deArganda arrojaban luz ninguna. Nueva pista no se presentaba.
Mario llegó a las once de la mañana a casa de Rivera con el alma y elcuerpo
deshechos. En cuanto pisó el despacho del antiguo periodista lasfuerzas le
abandonaron por completo. Dejose caer en un diván, y lossollozos, largo tiempo
comprimidos, estallaron, amenazando romperle elpecho. A los ojos de Rivera
brotaron también las lágrimas y, sentándoseal lado de su desdichado amigo, le dirigió
tímidas palabras de consuelo.Bien sabía que para aquel dolor no había consuelo
posible. Vanasesperanzas no se atrevía a darle, temiendo que el golpe fuera
despuésmás rudo. Al fin le dejó llorar en silencio largo rato. Quedó abstraídoen
intensa meditación con los ojos fijos en el suelo. Pero lo que en sucerebro bullía
reflejábase en ellos pasando como ráfagas vivas. A medidaque el tiempo trascurría
estas ráfagas se fueron haciendo más recias.Algún pensamiento extraño sacudía
furiosamente su alma, porque al cabode un rato, no sólo los ojos, sino todo el cuerpo,
ofrecía singularinquietud. Miraba de vez en cuando a su amigo, se pasaba la mano por
lafrente, rascábase la cabeza. Por último, no pudiendo vencer suagitación, alzose de la
silla donde estaba y comenzó a dar vivos paseos.Mario seguía llorando con la cabeza
entre las manos.
Más de una vez se detuvo delante de él como si quisiera decirle algo,pero se
arrepentía antes de abrir la boca y continuaba paseando. Al cabohizo un gesto de
resolución y, acercándose y poniéndole una mano sobreel hombro, profirió:
—Escucha, Mario. En estos momentos terribles es conveniente expresartodo lo que
cruza por nuestro pensamiento, por disparatado que parezca.Todos los disparates
imaginables caben en este mundo absurdo en quevivimos... ¿No has observado que tu
suegro presenta desde hace algúntiempo señales extrañas... que ha dicho y hecho
cosas muy raras... enuna palabra, que su espíritu ofrece síntomas de enajenación?...
Mario alzó la cabeza bruscamente; abrió los ojos de un modo desmesurado,mirando
a su amigo con vaga expresión de terror; se puso horriblementepálido, y, alzándose
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