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El Origen del Pensamiento

—Lo que yo pido para mi hijo—exclamaba—es que le gusten las artes yencuentre
una mujer como tú. ¡Entonces vale la pena el haber nacido!
El pequeño Mario tenía ya cerca de cuatro años. Era un niño fresco,sonrosado, con
grandes ojos suaves y límpidos y una boca de cerezaplegada siempre por sonrisa
angelical. El escultor le adoraba confrenesí por ser su hijo y además porque era un
retrato en miniatura deCarlota. La misma dulzura en la mirada, la misma apacibilidad,
la mismaigualdad de humor. Cuando aquélla quería que su marido descansase,
notenía más que enviar al niño al estudio. Mientras estuviese allí teníala certeza de
que Mario no tomaría los palillos o el cincel en la mano.
Todo sonreía, pues, a la familia del célebre antropólogo, el cual nocesaba un
instante en sus indagaciones preparando a sus descendientesgloria inmortal.
El descubrimiento del origen del pensamiento, aunque no realizadotodavía, se
hallaba en camino. Últimamente, D. Pantaleón había levantadola tapa de los sesos a
un perro, y por espacio de algunos segundos pudoobservar el juego de su mecanismo
cerebral. Por desgracia, el perrofalleció al instante. Sólo ligerísimos apuntes sacó para
el famosodescubrimiento. Pero estos apuntes fueron agua preciosa para su molino.El
insigne fisiólogo vio hasta cierto punto comprobadas sus felicesadivinaciones. En el
corto tiempo de que dispuso observó que la sangrede la masa encefálica cambiaba de
color en diferentes sitios, tornándoseunas veces más clara, otras más oscura. Era,
pues, exacto que lafabricación del pensamiento debía de semejar bastante a
unadestilería, como él había presumido.
Una contrariedad de otro orden vino a perturbar momentáneamente el cursode estas
indagaciones. El matrimonio de su hija Presentación iba allevarse pronto a efecto.
Timoteo entraba a todas horas del día en lacasa y era considerado ya como un hijo
más. Se hacía el equipo, seamueblaba un cuarto en sitio próximo, se arreglaban los
papeles. Mas heaquí que un día, al bajarse Timoteo para recoger un corcho que se
habíacaído al suelo, vio don Pantaleón en su cuello una mancha encarnada queal
punto le pareció de carácter herpético. Nada dijo por entonces.Procuró con maña
cerciorarse. Pronto logró averiguar que Timoteo, enefecto, padecía de herpetismo. El
fisiólogo comprendió que era de todopunto imposible la realización de aquel
matrimonio.
Por la noche, hallándose a solas, se lo hizo entender así a su esposacon la debida
suavidad: no habría exageración en decir timidez. Expusolas razones que tenía para
hallar tal unión desacertada, todasrigorosamente científicas y basadas en los últimos
progresos de laantropología. El herpetismo significaba una degradación física
comotodos los vicios de la sangre. Nosotros estamos obligados no tan sólo ano
contrariar la selección natural, sino a favorecerla por cuantosmedios podamos.
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