Not a member?     Existing members login below:

El Origen del Pensamiento

Pero al volver la cabeza para ver quién la sujetaba, quedoserepentinamente inmóvil.
—¡Un guindilla! Está bien. Tome usted—dijo entregándole la
navajatranquilamente; luego, subiéndose el mantón y apretando el nudo delpañuelo,
añadió:—Lléveme usted a la cárcel.
Y volviéndose a Romadonga en una actitud fría, desesperada, queinspiraba miedo y
lástima al mismo tiempo, con terrible calma dijo:
—No tardaré en salir. Te juro por la salud de mi hijo que prontotendrás noticias
mías. Cuando recibas el golpe, si tienes tiempo apensar, ya sabes quién te lo ha dado.
Estas palabras desgarraron el corazón magnánimo de D. Laureano. La vidaes dulce
a todos los mortales, pero muy especialmente lo era para aquelhombre venerable.
Recibir una puñalada por la espalda sin aviso deninguna clase, le era profundamente
desagradable. Así que, antes de queel policía llevase consigo a Concha, se dirigió a él
y, en francéschapurrado, le manifestó que aquella señora era su esposa y que lehiciese
el favor de soltarla.
Esto fue lo único que comprendió el círculo de curiosos que les rodeaba.La noticia
causó sorpresa y no poca risa. El agente no se avino a ellosin llevarlos a ambos antes
a las oficinas de la policía. EntoncesRomadonga, con la galantería propia de un
fidalgo español, ofreció elbrazo a la chula y se fueron escoltados por el guardia. La
muchedumbreaplaudía riendo.
XVII
Mario llegó a ser un escultor distinguido. Llovieron las demandas deobra en su
estudio. Bustos, estatuas, jarrones, mausoleos, todo lotrabajó con gloria y provecho.
Comenzó a ganar sumas considerables.
Alquilaron un buen cuarto en la calle Mayor, cerca de la de Ramales,donde sus
padres habitaban. Vivieron con desahogo, hasta con lujo; perosin despilfarro. El
ingenioso Sánchez y D.ª Carolina andaban un pocoapurados de dinero por los gastos
del primero en publicaciones,instrumentos científicos, excursiones, etc, etc. Carlota
los protegía.Pero a Mario le parecía siempre poco lo que les daba. Era tan infelizaquel
muchacho, que cuando doña Carolina venía a llorarle algunalástima, por su gusto le
entregaría todo el dinero que había en la casa.
—¿Para qué necesitamos nosotros tanto?—decía a menudo a su esposa.
—Para nuestro hijo y para los que puedan venir—respondía Carlota.
Mario le apretaba la cara con entusiasmo.
 
Remove