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El Origen del Pensamiento

—¡Ya lo creo! ¡Si te descuidas, caramba!—exclamó haciendo burla lachula.
En verdad que Romadonga estaba descompuesto y aturdido que daba lástima.
—Si te descuidas, ¡na!—prosiguió Concha.—El día que se me meta en elmoño te
clavo el corazón, con cuidao o sin él... ¿Qué te has figurao,viejo silbante, que después
de lo que has hecho conmigo me ibas a tirara la barredura, como un papel sucio?...
¡Ja, ja!... Que se te quite,infeliz.
El traje, la actitud y la voz de la chula habían hecho pararse a algunoscuriosos. D.
Laureano, avergonzado y alentado al mismo tiempo, exclamóirguiéndose:
—Vaya, vaya, déjame en paz y sigue tu camino. Nada tengo que partircontigo.
—¿Nada tienes que partir conmigo, malvao? Y la criatura que he dejao enMadrid
¿es la punta de un cigarro que tiras a la calle cuando empieza aquemarte, verdá tú? Y
mi honra es otra colilla ¡puf! que se escupe y nose vuelve a mirar... Aquí tienen
ustedes un hombre, señores (volviéndosea los circunstantes, que no entienden una
palabra y contemplanasombrados la escena). ¿Ven ustedes este viejo baboso, que
tiene másaños que Matusalén, más pintao que un monumento y más perfumao que
unacorista? Pues este tío ha conseguío chalarme no sé por qué... por lalabia, por la
fachenda, por las mentiras... en fin, por lo que a ustedesno les importa. Y luego que
me ha visto chalá, y me ha deshonrao, y meha tenío tres años sujeta como una mona,
de la noche a la mañana y sindecir «agur Conchita,» se escapa a París, y ¡venga juerga
con lassuripantas!... ¡Qué bonito! ¿verdá ustedes?... Pero como yo soy hija demi padre
y de mi madre, y no hay más que una vida que perder, y de mí nose ha reído ningún
roío dao por tal como éste, a este tío asquerosonadie le mata más que yo, ¿saben
ustedes?
D. Laureano vio un agente de policía acercarse y, envalentonado, seatrevió a decir
con tono despreciativo:
—Anda, anda, sigue tu camino, que todo lo que te he quitado te lo hepagado en
buenos billetes de Banco.
Los ojos de Concha relampaguearon como los de una pantera.
—¿Dinero por mi honra, canalla?—gritó en el paroxismo de la cólera.
Y llevándose la mano al seno, sacó rápidamente una navaja de grandesdimensiones,
la navaja de marras. Pero en aquel instante las manos delagente la sujetaron por
detrás, D. Laureano retrocedió más pálido que lacera.
—Déjenme ustedes que saque las tripas a ese infame—gritaba la chulatratando de
desasirse.
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