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El Origen del Pensamiento

D. Pantaleón agitó las manos convulsivamente, abrió los ojos y profirióuna serie de
exclamaciones corroborantes. Siempre le pasaba igual al oírla palabra morboso. Este
adjetivo ejercía sobre su organismo un efectoextraordinario, mágico, una sensación de
deleite inefable que se leadvertía en el brillo inusitado de los ojos y en el movimiento
detrepidación del bigote. Cuando tenía ocasión de pronunciarlo (y labuscaba con harta
más diligencia de lo que convenía a la armonía deldiscurso), lo mascaba, lo paladeaba
con gozo indecible, percibiendo enlos labios el mismo grato sabor que algunos santos
experimentaban alproferir el nombre de la Virgen María. Así que sin darse cuenta de
ello,el ingenioso Sánchez declaraba morbosas casi todas las cosas de estemundo. En
su entusiasmo por el vocablo hubiera declarado morbosa a lamisma madre que lo
había parido.
Nada nuevo, pues, le decía Moreno. Muy de antemano sabía ya el ilustrefisiólogo
que el arte y el misticismo eran elementos morbosos delorganismo social. Lo eran
también otra porción de cosas que Moreno nosospechaba siquiera. D. Pantaleón, hay
que decirlo con toda claridad,había llegado más arriba en el camino de la indagación,
poseía unconocimiento más completo de los resortes de la Naturaleza que suamigo.
Apenas le faltaba explicación para ninguno de los infinitosfenómenos de la creación
natural. Como hay de ello muchos ejemplos en lahistoria de la ciencia, el discípulo
sobrepujaba notablemente almaestro. En alas de su genio, Sánchez había volado de
golpe a regionesdonde el pobre Moreno, a pesar de su aplicación asidua, no
llegaríajamás.
Por eso continuaba admirando en su joven amigo la fiera independenciadel carácter,
la increíble fuerza de que había dado muestras para salirtriunfante en la lucha por la
existencia que para él había sido tanruda, la brusca franqueza de su palabra propia del
hombre primitivonacido para el combate. Pero en cuanto al conocimiento de los
problemasde la ciencia positiva no tenía por qué admirarle. Don Pantaleón poseíalo
menos veinte centímetros más de circunvolución en los lóbuloscerebrales, como ha de
probarse en el curso de esta verídica historia.
Desde hacía algún tiempo venía consagrando toda la fuerza de estoslóbulos a la
resolución de un problema magno, el mismo que habíaanunciado vagamente a su
yerno como algo que el mundo debía de acogercon asombro y aplauso. Este
problema, hora es ya de revelarlo, no eraotro que el origen del pensamiento. El
ingenioso Sánchez, a la horapresente, sabía de un modo perfecto la geografía cerebral.
Con ayuda desu microscopio había escrutado las innumerables células nerviosas
devarios animales, siguiendo con ojo avizor la inmensa red de fibras quede ellos
parten. Luego había obtenido algunos cerebros humanos y habíahecho lo mismo.
Conocía las piezas de la máquina. En aquella vastaciudad de células gustaba de pasear
a menudo y seguir la intrincada redde sus caminos y senderos. Pero ignoraba por
completo el secreto delmecanismo: recorría las calles, pero nada sabía de lo que
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