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El Origen del Pensamiento

marquesa de Zamara y a su hijaMatilde, que estaban en la primera fila de butacas,
cerca del pasillolateral de los números pares. Me senté al lado de ellas en una
butacaque había dejado un caballero, y estábamos bromeando alegremente, cuandode
repente veo delante de mí a Concha, de pañuelo a la cabeza y mantón.Y antes de que
pudiera reponerme del susto, se arroja como una fierasobre Matilde a bofetada
limpia...
Los tertulios lanzaron un grito de asombro.
—¡Qué atrocidad!... ¡No puede ser!
—Lo que ustedes están oyendo; a bofetada limpia y llamándola al mismotiempo
cuanto puede llamarse a una mujer—profirió trabajosamente elviejo libertino,
volviendo a limpiarse el sudor.
—¿Y usted qué hizo?
—¿Yo?... Ya ven ustedes lo que hice... escapar. Los ojos se menublaron. No vi más
que una masa de gente que se levantaba gritando,riendo. Vi a Concha sujeta por dos
acomodadores, gritando como ella sabehacerlo, y vi también que el rey, que estaba en
su palco, precisamentesobre nosotros, sacaba todo el cuerpo fuera del antepecho
paraenterarse, y sonreía... Y no vi más... Es decir, me vi en medio de lacalle, sin
abrigo y con el sombrero en la mano, lo mismo que estabacuando el cataclismo.
Las exclamaciones de los circunstantes ante aquel caso extraño
fueroninterminables. Todos compadecían al viejo elegante: no tenían palabrasbastante
fuertes para condenar el brutal proceder de la chica. Sinembargo, debajo de los
comentarios se adivinaba cierto regocijo quehacía brillar los ojos y pugnaba por salir
en forma de carcajadas. Elsuceso era chistoso. Uno de ellos, cierto almacenista de
camas que solíaacercarse a la mesa de vez en cuando, se atrevió a
decirrespetuosamente:
—La verdad es que esa mujer, en mi pobre opinión, no le conviene austed, señor
Romadonga.
—¡Ya lo creo que no me conviene!—exclamó el seductor con furia.—¡Vayauna
noticia que usted me da! Pero si usted hubiera visto la navaja quetrae consigo
constantemente, de seguro no hablaría usted con tantodesahogo.
—¿Pero sería capaz?...
—¿Capaz? ¡Anda con la niña! La mujer que tiene hígados para lo de estanoche, los
tiene para todo. Me ha jurado muchísimas veces que si algúndía la abandono me dará
una puñalada por la espalda... Y yo estoyconvencido de que me la pega... ¡Vaya si me
la pega!—profirió conexaltación.—¿No lo cree usted, D. Dionisio?
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