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El Origen del Pensamiento

Durante año y medio Mario desempeñó atentamente cuantos trabajos
leencomendaba su amigo y protector Rivera. Mas no se despidió por eso desu antigua
afición a la escultura. En su gabinete, a las horas que teníalibres, seguía rindiéndole el
mismo culto fervoroso y humilde. Miguelhabía hecho poco caso hasta entonces de
aquellas aficiones. Mas un día,al pasar por delante del cuarto de su amigo, viendo por
la puerta, quese hallaba entreabierta, una figura tapada con un lienzo, se decidió
aentrar. Levantó la tela y quedó gratamente sorprendido. Era una pequeñafigura de
cuatro pies de alto que representaba a Ofelia coronada deflores. Había tanto
desembarazo en la postura, tal delicadeza en lasfacciones, tanta inocencia en la
expresión, que jamás había visto unainterpretación más viva de la inmortal heroína de
Shakespeare. Quedópensativo y preocupado. Cuando Mario llegó a comer le preguntó
afectandoindiferencia:
—¿Cuándo has terminado esa figurita que tienes en el cuarto?
Mario se puso colorado.
—Aún no está terminada; faltan algunos detalles.
—No está mal hecha. Hay verdadero sentimiento en ella; se conoce que elHamlet te
ha impresionado hondamente.
Como Miguel era parco en los elogios y su espíritu más propenso a laburla que al
entusiasmo, al menos en apariencia, Mario experimentó aloír tales palabras vivo
placer.
Trascurridos algunos días, Rivera volvió a sacarle la conversación de laescultura.
Se anunciaba una exposición de bellas artes para la próximaprimavera. Con tal motivo
hablaron de los pintores y escultores más enboga, ponderando los méritos de cada
uno. Después de larga pausa en queMiguel quedó pensativo, dijo de pronto:
—¿Por qué no haces algo para la exposición?
Mario pareció confuso. Bajó la cabeza balbuceando algunas frases querevelaban su
modestia.
—Creo que estás un poco equivocado respecto a tus fuerzas—replicóRivera.—No
es malo, porque el artista que se engríe se amanera: precisaestar descontento siempre
de lo que se hace para progresar. Pero nobasta que tú te juzgues: es necesario que te
juzguen los demás, y nosólo los amigos, sino el público, o por mejor decir, los
hombres degusto que hay dentro de él. Cuando conozcas una muchedumbre de
juicios,comparándolos después con el tuyo, podrás formar idea aproximada de loque
vales. El mío es que tienes aptitud para el arte que cultivas. Sicreyese que no la tenías
me guardaría de proponerte que presentases obraalguna en el certamen, porque te
quiero demasiado para exponerte ahacer un papel desairado o ridículo. Piénsalo, pues,
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