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El Origen del Pensamiento

bofetadas que había dado. Conesto D. Pantaleón se dio enteramente por satisfecho, y
no comprendíacómo Moreno se mostraba aún torvo y enojado.
El médico no estaba en el pueblo. En su lugar vino el albéitar. Lossabios
antropólogos dieron un paso atrás, abriendo los ojosdesmesuradamente al ver entrar al
Pollo.
—¿Quién es ese hombre?—preguntó D. Pantaleón a un clérigo.
—¿Quién ha de ser? El albéitar.
Los dos sabios se miraron uno a otro largamente, con sorpresa por partede Sánchez,
con sorpresa y reconvención por la de Moreno.
—¿Ha tomado usted con exactitud las medidas?—dijo éste, al fin, en vozbaja.
—Perfectamente—repuso D. Pantaleón muy quedo también.
—¿No se habrá corrido el compás?
—Ni un milímetro; estoy seguro.
Moreno sacudió la cabeza con gesto dubitativo, mientras su amigocontinuaba
asegurando por medio de expresivos ademanes la exactitud delos datos
antropométricos que había tomado.
El albéitar reconoció al herido y recetó un bálsamo. Al levantar una delas veces la
cabeza y reconocer a sus compañeros de viaje preguntó consemblante risueño:
—¡Hola, camarás! ¿están ustedes por aquí? ¿Quieren explicarme por quéhan
escapado de mí hace poco, como si fuese del diablo?
Los fisiólogos se pusieron colorados.
—No escapamos—balbuceó Sánchez,—es que teníamos prisa de llegar alpueblo.
El albéitar les miró un instante con sorpresa y bajó de nuevo la cabezapara atender a
la del herido.
Moreno y Sánchez se hicieron una seña, y aprovechándose de ladistracción general,
se escabulleron bonitamente, bajaron la escalera yse plantaron en la calle. Desde allí
dirigiéronse a la estación deltranvía, y metiéndose en el primero que salió, regresaron
en pocosminutos a Madrid, no muy contentos del resultado de aquella famosasalida
antropológica.
XIII
 
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