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El Origen del Pensamiento

razones se acudea las amenazas, y que su amigo Sánchez había hecho mal en
malgastar suciencia con quien no había de entenderle.
—¡Ah! ¿Chillas todavía, pendón?—gritó entonces el presbítero gordo,espíritu
impetuoso como ya sabemos. Y alzando la mano, le sacudió unterrible bofetón.
Fue la señal. Más de veinte manos se posaron alternativa osimultáneamente sobre
las mejillas del joven naturalista. D. Pantaleónacudió a socorrer a su amigo y también
le tocaron algunos porrazos. Elfuror se enseñoreó de todas las cabezas clericales.
Ruedan las sillas,quiébranse platos y botellas; la pequeña sala resuena con los gritos
delos enfurecidos presbíteros. Godofredo, llorando a lágrima viva, tratade
contenerlos, implorando, persuadiéndoles con palabras fervorosas. Elpadre Laguardia
le ayuda en esta tarea, haciendo lo posible por sujetaral presbítero gordo, el más
sanguinario de todos.
—¡Dejadme, dejadme!—gritaba con voz estentórea.—Quiero arrancar todaslas
muelas a ese esprit fort.
Y este deseo extravagante, más propio de un dentista que de unlicenciado en
sagrada teología, llenaba de terror el alma de Moreno.Cada vez que llegaba a sus
oídos se le doblaban las piernas. Porquenunca había imaginado necesitar, tan joven,
dentadura postiza.
Acudieron al estrépito el ama del cura y las mozas que le ayudaban en lacocina;
pero en vez de echar aceite a las olas irritadas, soplaron sobreellas el viento de la
cólera. El ama imaginó en seguida que su señorestaba en peligro de muerte por las
asechanzas del cura de F..., conquien mantenía rivalidad desde la compra de cierta
mula que ambosapetecían, y sin más reparar, con la paleta del fogón le dio un golpe
enla cabeza. Similia similibus curantur. Gracias a este revulsivopoderoso apaciguose
la cólera de los clérigos. Todos acudieron al pobrecura de F..., que yacía herido en el
suelo. La lluvia de bofetadas quecaía sobre las mejillas de Moreno cesó como por
ensalmo. Hízose elsilencio y vino el arrepentimiento. El ama lloraba y pedía perdón.
Elpresbítero gordo también se recriminaba duramente como causanteindirecto de
aquella desgracia. El párroco dictaba disposiciones paracurar la herida de su colega.
Entre ellas, la primera fue enviar enbusca del médico. Y mientras llegaba se le
pusieron compresas de aguafría y se le trasladó a la cama. La desolación reinaba en
aquel recintodonde pocos momentos antes todo era júbilo. Y en resumen, ¿por qué?
Porsi Moisés había echado mal o bien la cuenta de los días de la creación.¡Una cosa
tan lejana!
Los clérigos debieron de entender que se habían excedido un poco en ladefensa de
aquel patriarca, porque dirigían la palabra con semblantehumilde tanto a D. Pantaleón
como a Moreno. El mismo presbítero gordovino a decirles que retiraba todas las
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