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El Mar

Las insignificantes libertades, dado nuestro atrevimiento, que
nostomamos á la superficie del indomable elemento, nuestra
audacia encorrer sobre ese profundo desconocido, poco valen y
en nada puedenmenguar el legítimo orgullo del mar. En realidad
éste permanece oculto,impenetrable á nuestras miradas.
Adivínase y sábese hasta cierto puntoque un mundo prodigioso
de vida, de combate y de amor, de produccionesvariadísimas
pulula allí; empero apenas hemos penetrado en él,
nosapresuramos á abandonar ese extraño elemento; y si nosotros
necesitamosdel mar, en cambio el mar no nos necesita á
nosotros para nada. Puedepasar muy bien sin el hombre. A la
Naturaleza parece no le importa grancosa ese testigo: Dios es el
único que se encuentra allí como en sucasa.
El elemento que llamamos flúido, movible, caprichoso, en
realidad nocambia: es la regularidad misma. Lo que
continuamente cambia es elhombre. Su cuerpo (cuyas cuatro
quintas partes son agua, segúnBerzelius) mañana se evaporará.
Esa efímera aparición, en presencia delos grandes poderes
inmutables de la Naturaleza, hace muy bien en vivirde ensueños.
Por muy justa que sea la idea que tiene de la inmortalidaddel
alma, no por eso se aflige menos el hombre ante el espectáculo
deesas muertes frecuentes, de las crisis que á cada momento
quiebran lavida. El mar parece hacer gala de ese triunfo. Cada
vez que á él nosacercamos, parece decirnos desde el fondo de su
inmutabilidad: «Mañanatú dejarás de ser, y yo soy eterno. Tus
huesos reposarán bajo la tierra,disolveránse al transcurso de los
siglos, y yo existiré aún, majestuoso,indiferente, equilibrada la
grande vida que me armoniza á la vida de losmundos lejanos.»
Contraste humillante que se revela con dureza y como
irrisoriamente paranosotros, sobre todo en las playas bravías,
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