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El Mar

No se conoce bastante á ese respetable personaje, á ese mártir
de losmares; y creo que de todos los faros de Europa es el más
viejo. Uno solopuede disputarle su antigüedad, la célebre
linterna de Génova; mas ladiferencia es grande. Esta, que corona
un fuerte, asentadatranquilamente sobre una roca excelente y
muy sólida, puede reirse delas tormentas. Cordouan se encuentra
sobre un escollo rodeadocontinuamente de agua. En verdad que
fué mucha audacia edificar sobre lamisma onda, ¿qué digo?
sobre la violenta onda, en medio del eternocombate de un río y
un mar semejantes.
Estos, le prodigan á cada momento ó sendos latigazos ó
pesados bofetonesque truenan sobre él como un cañonazo.
Aquello es un eterno asalto. Elmismo Gironde, empujado por las
brisas terrestres, por los torrentes delos Pirineos, combate por
momentos á ese portero del paso, como si fueraresponsable de
los obstáculos que le opone el Océano.
Y, sin embargo, ese faro es la única luz que resplandece en
aquel mar:todo el que se desvíe de Cordouan empujado por el
viento Norte, correpeligro; también es fácil se aparte de
Arcachón. Ese mar es tan terriblecomo tenebroso; de noche, no
se divisa una sola señal que guíe alnavegante, ni hay un solo
punto de abrigo.
Durante los seis meses que permanecí en aquellas playas,
micontemplación ordinaria, mejor diré, mi sociedad habitual, era
Cordouan.Perfectamente comprendía que su posición de
guardián de los mares, devigilante constante del estrecho,
constituían aquella mole en unaespecie de personaje. De pie
sobre el vasto horizonte de Poniente, seofrecía á mis ojos bajo
cien aspectos distintos. A veces, en una zona degloria triunfaba
el sol; en otras ocasiones, pálido y apenas visible,flotaba entre la
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