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El Mar

buque procedente de losmares del Sur pereció á nuestra vista, en
el paso, ahogándose cuantos lotripulaban (una treintena de
hombres). Después de haber evitado lasrocas, los escollos, había
llegado frente á una playecita de menudaarena, donde
acostumbraban bañarse las mujeres. Pues bien: en aquellaplaya,
levantado por el torbellino, indudablemente á grande altura,
cayócon horrorosa pesadez y fué aporreado, derrengado,
dislocado, quedandoen aquel sitio como un cadáver. ¿Qué se
hicieron sus tripulantes? No seencontró la menor traza de ellos,
creyéndose que tal vez todos habíansido barridos de sobre
cubierta.
Tan trágico suceso daba á suponer que hubiesen ocurrido otros
muchosidénticos; de suerte que el pensamiento no soñaba más
que desventuras. Yel mar, entretanto, parecía no estar harto
todavía. Todos estábamossaciados; él no. Yo veía á nuestros
pilotos aventurarse detrás de unamuralla que les cubría por el
Suroeste, observar con inquietud, mover lacabeza. Por fortuna
para los pobres, ninguna embarcación se atrevió ápenetrar, y por
lo tanto no fueron requeridos sus servicios. De locontrario allí
estaban, prontos á jugar sus vidas.
Por mi parte también contemplaba insaciablemente aquel mar
que mecausaba odio. No encontrándome realmente en peligro,
mi fastidio ydesconsuelo eran mayores. ¡Cuan feo era el mar!
¡Qué horrible suaspecto! Nada recordaba en aquel momento los
vanos cuadros de lospoetas; únicamente que, por un extraño
contraste, cuanto más cundía midesaliento, tanto más animado él
se presentaba. Todas aquellas olaselectrizadas por tan furioso
movimiento hallábanse grandementeestimuladas y en posesión
como de un alma fantástica. En el furorgeneral, cada cual
desempeñaba un papel distinto; y en la totaluniformidad (cosa
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