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El Mar

asunto que traté en 1859, asunto tan delicado, tangrave. El sitio,
el libro, se mezclan agradablemente á mis recuerdos.¿Me habría
sido posible escribirlo en otra parte? Lo ignoro. Lo quepuedo
afirmar es que el perfume agreste del país, su severa
suavidad,los olores de vivificante amargura que constituyen el
encanto de susmatorrales, la flora de las landas, la de los
méganos, mucho hancontribuido á dar animación al libro en
cuestión, prestándole su sabor,que nunca desaparecerá.
Los moradores están en su sitio en medio de aquella
naturaleza. No sonvulgares ni groseros. El campesino es grave,
de rectas costumbres. Losmarineros son todos pilotos, pequeña
tribu protestante librada del furorde las persecuciones religiosas.
Allí existe la honradez primitiva (sondesconocidos todavía en
ese país los cerrojos); nada de ostentación.Obsérvase una
modestia no acostumbrada entre los hombres de mar,
ladiscreción y el tino que no siempre se encuentran en las clases
máselevadas de la sociedad. Bien visto y apreciado de todos,
tuve, sinembargo, el reposo y tranquilidad requeridos para
trabajar á mis anchas.Esto hizo que me interesara más y más por
aquellos hombres y suspeligros. Sin hablarles, todos los días les
acompañaba con mis votos ensu oficio de héroes. El estado del
tiempo me inquietaba, y confrecuencia me preguntaba al
contemplar el paso peligroso, si el mar,durante largo tiempo
terso y tranquilo, no se trocaría de repente enmontuoso y cruel.
Aquel sitio peligroso nada tiene de triste. Cada mañana desde
mi ventanaveía enfrente las blancas lonas, ligeramente tintas por
la aurora, de unsinnúmero de barcos mercantes que aguardaban
la brisa favorable parapartir. Allí, el Gironde no tiene menos de
tres leguas de ancho: tansolemne como los grandes ríos
americanos, ostenta, sin embargo, laanimación de Burdeos.
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