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El Mar

En los seis meses que pasé á dos leguas de Génova, á orillas
del mar máspintoresco del Universo y el más abrigado, en
Nervi, sólo disfruté deuna pequeña tempestad de corta duración;
mas, en tan poco tiempo,rabió con inusitada furia. No pudiendo
contemplarla á mis anchas desdela ventana de mi vivienda, la
abandoné y por callejuelas tortuosas entrealtos palazzi,
aventuréme á dirigirme, no á la playa (ésta no existe),sino á una
cornisa, de negras rocas volcánicas que orillan el mar,angosto
sendero, el cual en ciertos puntos no tiene tres pies deanchura, y
que, unas veces subiendo, bajando otras, desplomándose
ámenudo sobre el mar, le domina á la altura de treinta y hasta
cuarentay sesenta pies. La vista no podía fijarse á gran distancia.
Continuadostorbellinos obstruían la visión. Poco se
vislumbraba, y ese poco teníasus límites y era espantoso. La
aspereza, los ángulos frágiles de esacosta de guijarros, sus
puntas y sus picos, sus entradas súbitas yabruptas, imponían á la
tempestad saltos, botes, esfuerzos increíbles,torturas infernales.
Rechinaba de blanca espuma, pareciendo respondercon una
sonrisa execrable á la ferocidad de las lavas
quedesapiadadamente la rompían. Oíanse ruidos insensatos,
absurdos; nada deseguido, sino truenos discordantes, silbidos
tan ásperos como los de lasmáquinas de vapor, al extremo de
tener uno que taparse los oídos.Aturdido de un espectáculo que
entorpecía los sentidos, traté derecobrarme: apoyándome en un
muro que se internaba y no hubieraconsentido que la furiosa me
arrastrara, comprendí mejor aquellaalgarabía. Aspera y corta era
la onda, y la dureza del combate se debíaá lo extraño de aquella
costa, tan abruptamente cortada, á sus ánguloscrueles que
apuntaban á la tempestad, desgarraban la ola. La cornisa
pordebajo, á uno y otro costado, hundíala en sus profundidades
atronadoras.
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