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El Mar

espectáculo; siempre ejerceen nosotros igual influjo, idéntico
efecto melancólico.
Si nos sumimos en el mar á cierta profundidad, no tardamos en
vernosprivados de luz: se penetra en un crepúsculo do sólo
persiste un color,el rojo siniestro; y aun al poco rato este color
desaparece y sobrevienela negra noche. ¡Qué obscuridad tan
absoluta, exceptuando tal vezalgunos accidentes de horrorosa
fosforescencia! Aquella masa, inmensa enextensión,
enormemente profunda, que se extiende por la mayor parte
delorbe, parece un mundo de tinieblas. He aquí lo que
sobresaltó, lo queintimidó á los primeros hombres. Suponían
que se acaba la vida dondefalta la luz, y que, á excepción de las
primeras capas, todo el espesorinsondable, el fondo (dado caso
que tenga fondo el abismo), era unanegra soledad, nada más que
árida arena y guijarros, y algunas osamentasy despojos, es decir,
el sinnúmero de bienes perdidos de que el avaroelemento se
apodera sin devolver ni la más pequeña partícula de
ellos,escondiéndolos cuidadosamente en el palacio destinado á
guardar lostesoros de los naufragios.
La transparencia del mar ciertamente que no contribuye á
infundirnosánimo. No puede compararse, ni con mucho, á la
tranquilizadora linfa delos manantiales y de las fuentes. Aquélla
es opaca y ruda: sacude confuerza. El que se aventura en ella,
siéntese levantado impetuosamente.Cierto que presta auxilio al
nadador, empero se señorea de él:encuéntrase éste cual débil
niño mecido por poderosa mano que fácilmentepuede reducirlo
á la nada.
Una vez desamarrada la barquilla, ¿quién sabe dónde puede
llevarla unaráfaga de viento, la irresistible corriente? Así fué
cómo nuestrospescadores del Norte, contra su voluntad,
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