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El Mar

Cuéntase que Escipión, el vencedor de Cartago, y Terencio,
cautivoescapado del naufragio de un mundo, recogían conchas
en la playa, amigosexcelentes en la indiferencia y abandono del
pasado. Ocupados de aquellasuerte disfrutaban la dicha de
olvidar, de borrar los años transcurridosvolviendo á la edad de la
niñez. Roma ingrata, Cartago destruida, suspatrias respectivas,
poco, muy poco pesaban á su conciencia, no dejandoninguna
traza en su corazón, como no la deja el rizo de la onda.
Nosotros no pensamos así: no queremos ser niños, ni tampoco
olvidar,sino que con perseverante ardor deseamos auxiliar la
penosa maniobra deese gran siglo fatigado. Queremos hacer
remontar la barca, empujando conmano fuerte el cabrestante del
porvenir.
VII
«Vita nuova» de las naciones.
Mientras estoy terminando el presente libro (diciembre de
1860), laresucitada Italia, la gloriosa madre de todos, me envía
un magníficoaguinaldo. Acabo de recibir una novela, un folleto
de Florencia.
Este país suele mandarnos grandes novelas: en 1300, la de
Dante; en1500, la de Amerigo; en 1600, Galileo. ¿Cuál es, pues,
ahora la queviene de Florencia?
¡Oh! Aparentemente muy insignificante; pero ¿quién sabe?
Inmensa por losresultados. Es un discurso de pocas páginas, un
opúsculo médico. Noatrae por su título; más bien es repulsivo. Y
no obstante, hay allí ungermen de consecuencia incalculable,
destinado tal vez á revolucionar elmundo.
 
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