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El Mar

Su dolorosa agitación, el furor de que están poseídos
susverdugos, el mar que ya no es mar, sino un no sé qué
espumoso que vive yhumea, todo esto produce el vértigo. Los
que han venido sólo por mirarobran, patalean, gritan, y
encuentran que la carnicería es demasiadolenta. Finalmente,
circunscriben el espacio. La hormigueante masa deheridos,
muertos, moribundos, se concentra en un solo punto:
saltosconvulsivos, golpes furiosos: el agua chorrea, y el rocío
enrojecido...
Y esta escena ha hecho subir de punto la embriaguez. Hasta la
mujerdelira y se olvida de su sexo, vese poseída del frenesí que
asalta á losdemás espectadores. Cuando todo ha terminado, la
más bella mitad delgénero humano lanza un suspiro rendida de
fatiga, mas no satisfecha, yexclama al abandonar aquel sitio:
«¡Cómo!, ¿y para esto hemos venido?»
VI
El derecho del mar.
Un gran escritor popular que da á cuanto pone la mano un
carácter desencillez luminosa y sorprendente, Eugenio Noël, ha
dicho: «Puedeconvertirse el Océano en fábrica inmensa de
víveres, en laboratorio desubsistencias más productivo que la
misma tierra; fertilizarlo todo,mares, ríos, riachuelos, estanques.
Hasta el presente sólo se hacultivado la tierra; y he aquí que se
ofrece el arte de cultivar lasaguas... ¡Oídlo bien, pueblos!»
(Piscicultura).
¿Más productivo que la tierra? ¿Cómo es esto? M. Baude lo
explicaperfectamente en un importante trabajo sobre la pesca
que ha dado á luz.Es el pez, entre todos los seres, el más
susceptible de propagarseayudado por una pequeña cantidad de
 
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