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El Mar

costas bravas, que lostriturarían con la mayor facilidad. No
menos temor les causan losruinosos calizos de la Saintonge,
disgustándoles fijarse sobre lo queestá destinado á desmoronarse
el día de mañana. Al contrario, les gustasentir bajo sus plantas el
inmutable suelo de las rocas bretonas.
Tomemos ejemplo de ellos para no creer en las apariencias,
sino sólo enlo verdadero. Las más encantadoras riberas de la
Flora seductora sonaquellas en que se aleja la vida marítima. Su
riqueza consiste enfósiles: curiosos para el geólogo, instrúyenle
por medio de los huesosde los muertos. El áspero granito, muy
al contrario, ve bajo sus pies elmar con sus innumerables peces;
encima otra vida, la poblacióninteresante, modesta, de los
industriosos moluscos, pequeños obreroscuya laboriosa
existencia constituye el serio encanto, la moralidad delmar.
«Reina silencio profundo. Ese pueblo infinito es mudo, nada
me dice. Suvida es del uno para el otro, sin relación con la mía,
y para mí vale lamuerte. ¡Soledad! (exclama un corazón
femenino). ¡Grande y tristesoledad!... No estoy tranquila...»
Mal hecho. Aquí todos son amigos. Esos pequeños seres no se
comunicancon el hombre, pero trabajan para él. Pónense de
acuerdo con su sublimepadre, el Océano, que habla por ellos.
Hácense oir por medio de suórgano atronador.
Entre la tierra silenciosa y las mudas tribus del mar, entáblase
aquíel diálogo grandilocuente, rudo y grave, simpático, la
armónicaconcordancia del grande Yo consigo mismo, ese
precioso debate que estodo Amor.
IV
Círculo de las aguas, círculo de fuego. Ríos del mar.
 
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