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El Mar

del agua tendidauniformemente sobre una bola á la que se
adhiere sin desviarse, esemilagro, acababa de ser demostrado.
Por fin era conocido el marPacífico, el grande y misterioso
laboratorio donde, lejos de nuestrasmiradas, la Naturaleza
trabaja profundamente la vida, elaborándonosnuevos mundos,
nuevos continentes.
Revelación de gran alcance, no sólo material, sino también
moralmente,que centuplicaba la audacia del hombre y le lanzaba
á otro viaje sobreel libre Océano de las ciencias, al esfuerzo
(temerario, fecundo) de darla vuelta á lo infinito.
III
La ley de las tempestades.
De ayer sólo data la construcción de buques á propósito para
lanavegación austral, siendo la oleada tan fuerte y dilatada en
aquellosmares, que forma verdaderas montañas. ¿Qué pensar de
esos primitivosnavegantes, los Díaz y los Magallanes, que se
aventuraron á surcarlosmetidos en las pesadas y diminutas
cáscaras de aquellos tiempos?
En particular, para los mares polares, tanto árticos como
antárticos,requiérense buques exprofeso. Valor necesitaban los
que, cual Cabot,Brentz y Willoughby, montados en
barquichuelos informes, remontando eltorrente de hielos,
afrontaron el Spitzberg, abrieron la Groenlandia porsu fúnebre
entrada, el cabo Adiós, introduciéndose hasta aquel rincóndonde
aun en nuestros días han ido á estrellarse doscientos
barcosballeneros.
El lado sublime en esos héroes de otros tiempos, es su misma
ignorancia,su ciega intrepidez, su resolución desesperada. No
 
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