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El Mar

Las playas, los arenales y las costas bravas muestran el mar
bajo tresaspectos y siempre útilmente. Explican, traducen, ponen
en connivenciacon nosotros esa gran potencia, salvaje á primera
vista, mas divina enel fondo, y por lo tanto amiga.
La ventaja que tienen las costas bravas es, que al pie de
aquelloselevados muros, mejor que en parte alguna, puede
apreciarse la marea, larespiración, el pulso (digámoslo así) del
mar. Insensible en elMediterráneo, es notable en el Océano. El
Océano respira al igual queyo, concuerda con mi movimiento
interno, con el de arriba, obligándome ácontar incesantemente
con él, á computar los días, las horas, á mirar alcielo. Me
recuerda lo que soy y que vivo rodeado de gentes.
Si me asiento sobre una costa rasgada, por ejemplo la de
Antifer, veo unespectáculo inmenso. El mar, que hace un
momento parecía muerto, acabade espeluzarse. Ha temblado.
Primer indicio del gran movimiento. Lamarea ha rebasado
Cherburgo y Barfleur, dado vuelta violentamente á lapunta del
faro; sus aguas divididas siguen el Cavaldos, se elevan en
elHavre, viniendo hacia mí, en Etretat, Fécamp y Dieppe, para
sumirse enel canal, á pesar de las corrientes del Norte. Tócame,
pues, ponerme enguardia y observar con atención la hora de su
llegada. Su elevación,indiferente casi en los méganos ó colinas
de arena que es fácilremontar, impone y llama la atención al pie
de las costas rasgadas. Esedilatado muro de treinta leguas no
tiene muchas escaleras: sus estrechasaberturas que constituyen
nuestros puertezuelos, están bastantedistantes la una de la otra.
Curioso es en extremo observar en baja mar las hiladas
sobrepuestasdonde se lee la historia del globo en gigantescos
registros, do lossiglos acumulados ofrecen completamente
abierto el libro del tiempo.Cada año se traga una página. Es un
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