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El Mar

Luis XIV; á mayor elevación, la cárcelactual. Todo esto
envuelto en un torbellino, una brisa, una confusióneterna. Es el
sepulcro sin la calma.
¿Tiene culpa el mar de la perfidia de esa playa? No por cierto.
El marllega allí, como por doquiera, bullicioso y robusto, pero
lealmente. Laculpa la tiene la tierra, cuya disimulada
inmovilidad, parece siempreinocente, mientras filtra por debajo
la playa las aguas de losriachuelos, mezcla dulce y blanquizca
que no permite consolidar elterreno. El primer culpable es el
hombre, por su ignorancia y sunegligencia. En los interminables
siglos bárbaros, mientras sueña con laleyenda y funda la gran
peregrinación del arcángel vencedor del diablo,éste se apoderó
de aquella llanura desamparada. El mar está muy inocentede
todo: en vez de hacer daño, trae por el contrario en sus
amenazadorasondas un tesoro de sal fecunda, mejor que el limo
del Nilo, queenriquece los campos y constituye la encantadora
belleza de los antiguospantanos de Dol, convertidos hoy en
jardines. Es una madre un pocoexaltada de genio, pero madre al
fin. Rica en pescado, amontona sobreCancale, que está enfrente,
y sobre otros bancos, millones y másmillones de ostras, y sus
conchas desmenuzadas producen la rica vida quese trueca en
pastos y frutos, al par que cubre de flores las praderas.
Preciso es penetrarse de la verdadera inteligencia del mar, no
dejarsearrastrar por la falsa idea que puede darnos el país
inmediato, ni porlas terribles ilusiones que nos produciría la
sencilla grandeza de susfenómenos, ni por los furores aparentes
que con frecuencia se conviertenen beneficios.
III
Continuación.—Playas, arenales y costas bravas.
 
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