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El Mar

sin fijeza de la personalidad hasta el presente sóloposees el
orgullo. Tú roncas, máquina de vapor, tú roncas y sólo eresuna
bolsa y al revés, un cuero blando y fofo, vejiga agujereada,
globodesgarrado, y mañana una cosa sin nombre, un poco de
agua de mardisipada.»
X
Crustáceos.—La guerra y la intriga.
Si, después de haber contemplado nuestra rica colección de
armaduras dela Edad Media y aquellas pesadas moles de hierro
con que se tapujabannuestros caballeros, nos encaminamos al
Museo de Historia Natural paraver las armaduras de los
crustáceos, nos causa lástima el arte delhombre. Las primeras
son un carnaval de disfraces ridículos, queestorbaban y
mortificaban, sirviendo sólo para ahogar á los guerreros
yhacerlos inofensivos; al paso que las otras, sobre todo, las
armas delos terribles decápodos, son de tal suerte horrorosas
que, si tuvieranla altura del hombre, nadie podría mirarlas sin
desvío: los másvalientes se sentirían turbados, magnetizados de
terror.
Allí se ostentan en traje de batalla, bajo aquel temible
arsenalofensivo y defensivo, que llevan con tanta ligereza,
sólidas pinzas,lanzas aceradas, mandíbulas capaces de partir el
hierro, corazaserizadas de dardos, que basta que os abracen para
causaros mil heridas.Es de agradecer á la Naturaleza que los ha
creado de ese tamaño, pues áser más grandes, ¿quién hubiera
podido luchar con ellos? Ninguna arma defuego traspasaría su
cuerpo. A su presencia, huiría el elefante, eltigre se encaramaría
á los árboles, y el rinoceronte, á pesar de loconsistente de su
piel, no estaría en salvo.
 
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