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El Mar

nuevo estado, y arrastrando una vidamiserable, acababan por
perder el seso.
En lo más alto de Saint-Michel hay una plataforma llamada de
losLocos. En mi vida he visto sitio más adecuado para producir
la locuraque esa mansión vertiginosa. Figuraos rodeados de una
dilatada planiciecomo de blanca ceniza, siempre solitaria, arena
equívoca cuya falsasuavidad constituye el lazo más peligroso.
Es y no es la tierra, es y noes el mar, ni tampoco es dulce el
agua, aunque por debajo los arroyuelostrabajen el suelo
incesantemente. Raras veces, y sólo por cortosinstantes, una
embarcación se aventuraría en aquellos sitios. Y si unopasa
cuando refluye el agua, corre riesgo de ser tragado: hablo
confundamento de causa, pues faltó poco para que me
aconteciera unaccidente. Un ligero vehículo en que me
encontraba, desapareció en dosminutos, caballo y todo, y yo
escapé milagrosamente. Hasta á pie mehundía á cada paso que
daba, sintiendo bajo mis plantas un horrorosoembate, cual si el
abismo me acariciara, me invitara ó atrajera,agarrándome por
debajo. Sin embargo, logré encaramarme en la roca,llegar á la
gigantesca abadía, claustro, fortaleza y cárcel, de unasublimidad
atroz, digna en verdad del paisaje. No es este lugar ápropósito
para la descripción de aquel monumento. Yérguese sobre
unagran mole de granito, y se empina y vuelve á empinarse
indefinidamente,cual una Babel titánicamente amontonada, roca
sobre roca, siglo trassiglo, empero constantemente calabozo
sobre calabozo. Abajo, el inpace de los frailes; más arriba, la
jaula de hierro levantada por LuisXI; subiendo siempre, la de
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