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El Mar

juegan, se adelantan yretroceden, no son insensibles, aunque
garantice hasta cierto punto lasecreción á su derredor de una
cantidad de blanda gelatina que, sinduda, constituye un colchón.
Por fin, es preciso; se lanza, se afirmasobre sus púas, como
sobre otras tantas muletas, rueda su tonel deDiógenes y, como
puede, llega á puerto.
Encerrado allí de nuevo y en su cáscara erizada, en el pequeño
nido quecasi siempre encuentra empezado, concéntrase en sí
mismo, en su regocijosolitario de seguridad benéfica. Que
ronden mil enemigos por afuera, quelas olas truenen ó mujan,
todo esto le sirve de recreo. Si tiembla laroca á los embates del
mar, sabe perfectamente que nada tiene que temer,que la que
causa aquel ruido es su bondadosa nodriza. Encuéntrasemecido,
le vence el sueño y dícela: Buenas noches.
VIII
Conchas, nácar, perla.
El esquino ha asentado el límite del genio defensivo. Su
coraza, ó si sequiere, su fortaleza de piezas movibles, retráctiles
y reparables encaso de accidente, esa fortaleza, aplicada y
anclada invenciblemente ála roca, y más aún á la roca socavada
que forma como un muro, de suerteque el enemigo no encuentre
punto vulnerable para volar la ciudadela, esun sistema completo
imposible de sobrepujar. No hay concha que
puedacomparársele, y mucho menos las obras de la humana
industria.
Es el esquino la última palabra de los seres circulares y
radiantes:él representa su triunfo, su más completo desarrollo.
Pocas variantestiene el círculo; es la forma absoluta. En el globo
 
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