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El Mar

»Señora, hay encarnados más bonitos.—Doctor, no me prive
usted de éste,pues le quiero. ¿Por qué? Lo ignoro... ¡Oh, sí! hay
un motivo paraquererlo (y es éste tan bueno como otro
cualquiera); dicho motivo es sunombre oriental y verdadero:
llámasele «Flor de sangre.»
V
Los fabricantes de mundos.
Nuestro Museo de Historia Natural, en su harto reducido
recinto, es unpalacio de hadas, residiendo allí, al parecer, el
genio de lasmetamorfosis de Lamarck y de Geoffroy. En la
sombría sala del piso bajo,las silenciosas madréporas fundan el
mundo, más vivo por momentos, quese eleva encima de ellas.
Más arriba, habiendo el pueblo de los maresalcanzado su
completa energía de organización en los animalessuperiores,
prepara las existencias terrestres. En la cúspide están
losmamíferos, sobre los cuales la tribu divina de los pájaros
despliega susalas y parece que todavía canta.
La muchedumbre no hace caso de los primeros, pasando
rápidamente pordelante de esos primogénitos del globo, su
habitación es fría, húmeda:los curiosos dirigen sus pasos hacia
la luz, hacia el punto do brillantantos objetos. Nácar, alas de
mariposa, plumas de aves, esto es lo quela encanta. Yo, que me
detengo más tiempo abajo, heme hallado confrecuencia solo en
la pequeña y obscura galería.
Me agrada esa cripta de la iglesia grande: allí presiento mejor
el almasagrada, el espíritu presente de nuestros maestros, su
enorme, susublime esfuerzo, á la par que la audacia inmortal de
los viajerossalidos de aquel sitio. Doquiera que estén sus huesos,
 
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