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El Mar

donde el mar arranca á losderrumbaderos guijarros que vuelve á
lanzarles, que vuelve á traer dosveces al día, arrastrándolos con
siniestro estrépito cual si fuesencadenas ó metralla. Toda
imaginación juvenil ve en esto el símbolo de laguerra, un
combate, y empieza por acobardarse. Luego, notando que
aquelfuror tiene límites ó se detiene, el niño, tranquilizado ya,
detesta másbien que teme la cosa salvaje al parecer enemistada
con él. A su vezarroja guijarros al gran enemigo mugiente.
En julio de 1831 me entretuve en observar ese duelo en el
puerto delHavre. Un niño que llevaba á mi lado, al verse frente á
frente con elmar sintió enardecerse su ánimo juvenil é indignóse
de aquel desafío. Elmar devolvió estocada por estocada. Lucha
desigual que movía á risa,entre la mano delicada de la frágil
criatura y la espantosa fuerza quetampoco se curaba de la
debilidad del contrario. Mas, la risadesaparecía de los labios al
pensar en lo efímera de la existencia delser amado, y en su
impotencia á presencia de la infatigable eternidadque nos
arrebata. Tal fué una de mis primeras miradas hacia el mar.Tales
mis ensueños empañados por el exacto augurio que me inspiraba
esecombate entre el mar que veo cuando quiero, y el niño que
para siempreha desaparecido de mi vista.
II
Playas, arenales y costas bravas.
Por doquiera puede verse el Océano; siempre se presentará
imponente ytemible. Así se ostenta alrededor de los cabos que
miran en todasdirecciones; así, y en ocasiones más terrible, en
los sitios vastos,pero circunscriptos, en que el marco de las
orillas le molesta y leindigna, donde penetra violentamente
acompañado de corrientes rápidasque á menudo chocan contra
 
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