Read The Great
Gatsby
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Su larga permanencia entre las razas amarillas lo habían tornado casi enun chino. Cuando yo
le encontraba en el claustro con su túnica roja, lalarga coleta y sus venerables barbas, agitando
dulcemente un enormeabanico, me parecía algún sabio letrado Mandarín comentando
mentalmente,en la paz de un templo, el Libro sacro de Chú. Era un santo; mas olía aajo, y este
olor apartaba de él a las almas más doloridas y necesitadasde consuelo.
¡Conservo suave memoria de los días allí pasados! mi cuarto, encalado deblanco, con una cruz
negra, tenía un recogimiento de celda. Medespertaba siempre al toque de maitines. Por respeto a
los viejosmisioneros, oía misa en la capilla; y me enternecía allí, tan lejos dela patria católica,
ver a la clara luz de la mañana la casulla del padrecon su cruz bordada, inclinarse delante del
altar y sentir sisear en elsilencio fosco del santo recinto los «Dominus vobiscum» y los «Et
cumespíritu tuo».
Por la tarde iba a la escuela a admirar a los niños chinos, declinandoonce horas seguidas. Y,
después del refectorio, paseando por elclaustro, escuchaba historias de lejanas misiones
apostólicas, en el«País de las hierbas», las prisiones soportadas, las marchas, lospeligros, en fin,
todas las crónicas heróicas de la Fe.
Yo no conté en el convento mis aventuras fantásticas; dije que era un«tourista» curioso que
recorría, tomando apuntes, el mundo entero. Yesperando que mi oreja cicatrizase me abandonaba
en una dulce laxitud dealma, a aquella paz del monasterio.
Mas estaba decidido a dejar bien pronto la China; ese Imperio bárbaroque ahora odiaba
terriblemente. Cuando me ponía a pensar que habíavenido de los confines de occidente, para
traer a una provincia china laabundancia de mis millones, y que, apenas llegué, fuí saqueado
yapedreado, me agitaba un rencor sordo y pasaba horas enteras en micuarto, meditando
venganzas horribles.
Retirarme con mis millones era lo más práctico y fácil.
Además, mi idea de resucitar, para bien de la China, la personalidad deTi-Chin-Fú, me parecía
ahora un absurdo, una insensatez de sueño.
Yo no comprendía las lenguas ni las costumbres, ni las leyes, ni lossabios de aquella raza ¿qué
iba a hacer allí, sino exponerme por elaparato de mi riqueza, a los asaltos de un pueblo que hace
cuarenta ytantos siglos que es pirata en los mares y bandido en la tierra?
Ti-Chin-Fú y su cometa continuaban invisibles, remontados ciertamente alCielo Chino de los
abuelos, y ya el aplazamiento del remordimientovisible hacíame olvidar el deseo de la expiación.
Sin duda el viejo letrado estaba fatigado de dejar sus regionesinefables para venir a reclinarse
en mis muebles. Vería mis esfuerzos,mi deseo de ser útil a su prole, a su provincia y a su raza,
ysatisfecho, se acomodaría lo mejor posible para la eterna siesta. ¡Ya,nunca más vería su panza
amarilla!
Y entonces me mordía el apetito de marchar, ya libre y tranquilo a gozarla alegría de mi oro,
al Loreto o los boulevares, sorbiendo la miel delas flores de la civilización.
Mas la viuda de Ti-Chin-Fú, las mimosas señoras de su descendencia, losnietos pequeñitos...
¿los dejaría bárbaramente morir de hambre y frío enlas negras viviendas de Tien-Hó? No. Esos

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