Read The Great
Gatsby
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Entonces comencé a caminar por aquella soledad, enterrándome en el fangoy cortando a
través de matorrales encharcados. La sangre de la orejacaía sobre mi hombro; la ropa enlodada
se me pegaba a la piel, y a vecesen la sombra, me pareció ver brillar ojos de fieras.
Más lejos, encontré un cercado de piedras sueltas donde yacían, bajounos arbustos, infinidad
de cajas amarillas que los chinos abandonansobre la tierra y donde se pudren los cadáveres. Me
senté sobre una cajapostrado de fatiga; mas un olor abominable flotaba en el aire, y alapoyarme
sentí la sensación de un líquido viscoso que escurría por lashendiduras de las tablas.
Quise huir. Mas las piernas, temblando, se negaron. Los árboles, lasrocas, las hierbas altas,
todo el horizonte comenzó a girar en torno míocomo un disco muy rápido. Resplandores
sanguíneos vibraban delante demis ojos, y me sentí caído desde muy alto, divagando a la manera
de unapluma que desciende. Cuando recobré el conocimiento estaba sentado sobreun banco de
piedra, en el banco de un enorme edificio semejante a unconvento, que el más grave silencio
envolvía. Dos padres lazaristaslavaban cuidadosamente mi oreja. Un aire fresco circulaba; la
garruchade un pozo chirriaba lentamente, y una campana tocaba a maitines.Levanté los ojos y ví
una fachada blanca con ventanillas enrejadas y unacruz en lo alto, y entonces, al contemplar en
aquella paz de claustrocatólico como un rincón de la patria recuperada, el abrigo y
laconsolación, de mis párpados cansados rodaron dos lágrimas mudas.
Aquella mañana, dos lazaristas que se dirigían a Tien-Hó, me habíanencontrado desmayado en
el camino. Y como dijo el alegre padre Loriot,«era ya tiempo»; porque alrededor de mi cuerpo
inmóvil revoloteaba unnegro semicírculo de esos enormes cuervos de Tartaria,
contemplándomecon gula.
Me trajeron al convento en unas parihuelas, y fué grande el regocijo dela comunidad cuando
supo que yo era latino, cristiano y súbdito de los«Reyes Fidelísimos». El convento forma allí el
centro de un pequeñopueblo católico, apiñado en torno de la maciza residencia como uncaserío
de siervos, al pie de un castillo feudal. Existe desde losprimeros misioneros que recorrieron toda
la Mandchuria. Porque noshallábamos en los confines de la China. Más allá está la Mongolia,
la«Tierra de las hierbas», inmenso prado verde obscuro, bordado de floressilvestres. Allí se
extendía la inmensa planicie de los nómadas. Desdemi ventana veía negrear los círculos de las
tiendas cubiertas de fieltroo de pieles de carnero; y a veces asistía a la partida de una tribu, queen
filas de largas caravanas llevaba sus rebaños hacia Oeste.
El superior de los lazaristas era el excelente padre Julio.
 

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