Read The Great
Gatsby
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Yo, indignado, le daba nuevos cartuchos, pilas de monedas de medio realenvueltas en papel.
Ya estaba vacía la maleta.... La turba continuabarugiendo insaciable.
—Más ¡vuestra señoría!—suplicó Sa-Tó.
—¡No tengo más, criatura! ¡El resto está en Pekín!
—¡Oh, Buda santo! ¡Perdidos! ¡Perdidos!—exclamó Sa-Tó, doblando lasrodillas.
El populacho, callado, esperaba aún. De repente, una exhalación salvajerasgó el aire. Y yo
sentí aquella masa ávida, arremeter sobre lascarretas que defendían la puerta, formadas en
semicírculo. Al choquetodo el maderamen de la «Hospedería de la Consolación Terrestre»,
crugióy osciló.
Corrí a la baranda. Abajo bullía un tropel desesperado en torno de loscarros derribados. Los
machetes relucían al caer sobre la tapa de loscajones; el cuero de las maletas abríase rasgado por
innumerablespuñales, y bajo el cobertizo los dos cosacos batíanse como héroes. A laluz de la
luna, veía alrededor del barracón agitar teas. Un alaridoronco elevábase, haciendo a lo lejos
aullar a los perros; y de todas lasviviendas desembocaba y corría el populacho, hombres ligeros
armados dechuzos y hoces curvas.
Súbitamente, oí el tumulto de las turbas que asaltaban la galería,buscándome sin duda,
creyendo que yo guardaría el mejor de los tesoros,piedras preciosas, joyas. El terror me
enloqueció. Corrí a la graderíade bambú que daba al patio. Rompí la valla, y penetré en la
cuadra. Micaballo, preso en las tinieblas relinchaba, tirando furiosamente delcabestro. Salté
sobre él, sujetándole por las crines.
En este momento, por el postigo de la cocina que había saltado enastillas, penetró una horda
armada de linternas, lanzas, clamandodelirante. El caballo, espantado, saltó la valla; una flecha
silba a milado; después, una piedra me da en el hombro, otra en los riñones, otrahace blanco en
el anca del animal, y otra más gruesa, me rasga la oreja.Agarrado desesperadamente a las crines,
arqueado, con la sangre goteandode la oreja, galopé en una carrera furiosa, a lo largo de una
callenegra. De repente veo delante de mí la muralla, un bastión, la puerta dela ciudad cerrada.
Entonces, alucinado, sintiendo detrás de mí rugir la turba, abandonadode todo socorro
humano, me acordé de Dios. Creí en él, gritándole que mesalvase: y mi espíritu iba
tumultuosamente recordando, para ofrecerlefragmentos de oraciones, de «Salves, Credos», que
yacían en el fondo demi memoria. Tras una esquina, a lo lejos, surgió una humareda de teas;era
la turba. Loco de espanto, apreté los talones a los ijares delanimal y corrí a lo largo de la muralla
que se extendía como una vastacinta negra furiosamente desenrollada. De repente vi una brecha,
unboquete erizado de espinas y zarazas, y fuera la planicie que bajo laluna tenía la apariencia de
una gran charca de agua dormida. Lancémehacia allá, sacudiendo con los talones los ijares del
potro, y galopémucho tiempo por el descampado.
De repente, el caballo y yo rodamos en un surco blando. Era una laguna;mi boca se llenó de
agua pútrida, y mis pies se enredaron en las fofasraíces de los nenúfares. Cuando me levanté vi
al caballo corriendo muylejos, como una sombra, con los estribos al viento.

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