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Gatsby
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suave de las cariñosas manos de doña Augusta.... Yo, entonces,enternecido, decía a la amable
señora:
—¡Ay, doña Augusta, es usted un ángel!
Ella, siempre me llamaba «el encanijado». Yo sonreía sin escandalizarme.«El encanijado» era
efectivamente el nombre que me daban en casa, porser delgado, entrar en todas partes con el pie
derecho, asustarme de losratones, tener en la cabecera de mi cama una estampa de Nuestra
Señorade los Dolores, que perteneció a mi madre, y andar un tanto corcovado.Sí, era
desgraciadamente corcovado, por lo mucho que doblé el espinazo,retrocediendo asustado delante
de los señores profesores, o inclinandola frente ante jefes y directores generales. Esta actitud de
respeto esconveniente al covachuelista, mantiene la disciplina en un Estado bienorganizado, y
me garantizaba el descanso de los domingos y díasfestivos, el uso de alguna ropa blanca y
veinticinco duros al mes.
No puedo negar, a pesar de todo, que yo no tuviese ambiciones, como loreconocían
sagazmente la viuda de Marques y el pedante de Conceiro. Noagitaba mi pecho el apetito
heróico de dirigir, desde lo alto de untrono, vastos rebaños humanos; pero sí me abrasaba el
deseo de podercomer en el Hotel Central, con champagne, apretar la mano de
mimosasvizcondesas, y, por lo menos, dos veces a la semana, dormir, en unéxtasis mudo, sobre
el fresco seno de Venus. ¡Oh, elegantes que osdirigíais vivamente a San Carlos abrigados en
costosos paletots,luciendo la blanca corbata de «soirée!» ¡Oh, carruajes llenos de
mujeresvestidas a la andaluza, rodando gallardamente hacia los toros, cuántasveces me hicísteis
suspirar! Porque la certidumbre de mis veinticincoduros mensuales y mi gesto encogido de
encanijado, me excluían parasiempre de aquellas alegrías sociales, y venía entonces a herir
mipecho, como flecha que se clava en un tronco y queda mucho tiempovibrando.
Aun así, yo nunca llegué a considerarme un paria. La vida humilde tienesus dulzuras: es grato,
en una mañana de sol alegre, con la servilletaal cuello, delante de un bistek con patatas,
desdoblar el «Diario de lasNoticias;» durante las tardes de verano, en los bancos gratuitos
delpaseo, se gozan suavidades de idilio; y es sabroso, de noche, enMartiño, mientras se toma a
sorbos el café, oir a los charlatanesinjuriar a la patria.
Además, nunca fuí excesivamente desgraciado, porque no tengoimaginación; no me consumía
rodando en torno de paraísos ficticios,nacidos de mi propia alma deseosa, como las nubes de la
evaporación deun lago; no suspiraba mirando las lúcidas estrellas, por un amorespiritual a lo
Romero o por una gloria humana a lo Camoens.
Soy muy positivista. Sólo aspiraba a lo racional, a lo tangible, a loque era alcanzado por otros
en mi barrio, a lo que es accesible a unbachiller. Y me iba resignando como quien ante una
«table d' hôtel»mastica la corteza de pan seco en espera del rico plato de la «Charlotterusse». Las
felicidades habían de llegar; y, para apresarlas, yo hacíatodo lo que me era posible como
portugués y como constitucional; se laspedía todas las noches a Nuestra Señora de los Dolores y
comprabadécimos de la lotería.
Entretanto procuraba distraerme. Y como las circunvoluciones de micerebro no me
habilitaban para componer odas a la manera de tantosotros que, a mi lado, se desquitaban así del
tedio que la profesión lesproducía; como mi escaso sueldo, apenas suficiente para pagar la casa
yel tabaco, no me permitía ningún vicio, había tomado el hábito discretode comprar en la feria

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