Yo, entonces, con el abanico en la mano, pisando sutilmente con la puntade las babuchas de
satín las calles enarenadas del jardín, iba aentreabrir la puerta del «Reposo discreto»:
Y la voz de la generala respondía, suave como un beso:
¡Qué linda estaba vestida de dama china! En sus cabellos levantadosalbeaban flores raras, y
sus cejas parecían más puras y negras avivadascon tinta de Nankín. La camisa de gasa bordada,
la túnica de filigranade oro, plegábase a sus senos pequeñitos y erectos. Largas y fofascalzas de
fulard color «cadera de Ninfa», que le daba una gracia propiade serrallo, descendían sobre los
tobillos finos, cubiertos de sedosasmedias amarillas. Y apenas tres dedos de mi mano cabían en
suschinelitas.
Llamábase Wladimira; nació al pie de Nid-ji-Nowgorod y fué educada poruna vieja tía que
admiraba a Rousseau, leía a Foblas, usaba cabellosempolvados, y parecía una basta litografía
cosaca de una dama galante deVersalles....
El sueño de Wladimira era vivir en París; y mientras hacía hervirdelicadamente las hojas del
té, me rogaba que la contase historiaspicantes de «cohetes», y me confesaba su culto por Dumas,
hijo.
Yo le arremangaba la larga manga de la casaca de seda de color de hojamuerta, y hacía viajar
mis labios devotos por la piel fresca de susbellos brazos; y después, sobre el diván, enlazados,
pecho contrapecho, en un éxtasis mudo, sentíamos las maravillas de cristal resonareólicamente,
las palomas azules arrullarse en los plátanos, y elfugitivo ritmo del arroyo murmurador....
Nuestros ojos humedecidos encontraban a veces un cuadro de satín negropor cima del diván,
donde en caracteres chinos, se desarrollabansentencias del libro sagrado de Li-Nun «sobre los
deberes de la esposa».Mas ninguno de nosotros entendía el chino.... Y en el silencio,
nuestrosbesos volvían a comenzar espaciados, sonando dulcemente y comparables(en la lengua
florida de aquellos países) a perlas que caen, una a una,sobre una bandeja de plata... ¡Oh, suaves
siestas de los jardines dePekín! ¿Dónde estáis ahora? ¿Dónde estáis, hojas muertas de los
liriosescarlata del Japón?
Una mañana Camilloff entró en la cancillería, donde yo fumabaamigablemente una pipa en
compañía de Mariskoff y tirando su enormesable sobre el canapé, nos contó radiante de alegría,
las noticias quele había dado el penetrante príncipe Tong. Descubrióse al fin que unopulento
mandarín, llamado Ti-Chin-Fú, vivía en otro tiempo cerca de losconfines de la Mongolia, en la
villa de Tien-Hó. Había muertosúbitamente; y su descendencia residía allá en la miseria, en una
chozavil.
