Fué necesario todo un largo verano para descubrir la provincia donderesidía el difunto Ti-
Chin-Fú.
¡Qué episodio administrativo tan pintoresco, tan chino! El servicialCamilloff, que se pasaba el
día entero recorriendo los Yamens delEstado, tuvo que probar, primero, que el deseo de conocer
la morada delviejo Mandarín no encubría ninguna conspiración contra la seguridad delImperio, y
después fué preciso que jurase que no encerraba estacuriosidad un atentado contra los Ritos
sagrados. Entonces, satisfecho,el príncipe Tong permitió que se hiciese la requisitoria
imperial:centenares de escribientes palidecieron noche y día, con el pincel en lamano, dibujando
consultas sobre papel de arroz; misteriosasconferencias susurraron insensatamente por todos los
distritos de laCiudad Imperial desde el Tribunal Astronómico hasta el Palacio de laBondad
Preferida; y un ejército de koolíes transportaba desde lalegación de Rusia hasta los Kioscos de la
Ciudad Interdicta, y de aquíal Patio de los Archivos, parihuelas que crugían bajo el peso de
loslegajos de viejos documentos.
Cuando Camilloff preguntaba por el resultado de sus investigaciones, lecontestaban
satisfactoriamente que se estaban consultando los librossantos de La-o-Tsé, o que se iban a
explorar viejos textos del tiempo deNor-Xa-Chú.
Y para calmar la impaciencia bélica del ruso, el príncipe Tong remitía,con estos recados
sutiles, algún substancioso presente de confites ogoma de bambú en caldo de azúcar.
Mientras el general trabajaba con fervor para encontrar la familiaTi-Chin-Fú, yo iba tejiendo
horas de seda y oro (así dice un poetajaponés) a los pies pequeñitos de la generala. Había un
kiosco en eljardín, bajo los sicomoros, que se denominaba, al modo chino, el «Reposodiscreto»;
a un lado un arroyo fresco cantaba dulcemente bajo unafuentecilla rústica pintada de color de
rosa. Las paredes las formabanun enrejado de bambú forrado de seda amarilla; el sol, pasando a
travésde ellas, proyectaba una luz sobrenatural de ópalo claro. En el centro,un diván de seda
blanca, de una poesía de nube matutina, atraía como unlecho nupcial. En los rincones, en
preciosos jarrones transparentes dela época de Yeng, alzábanse, con su esbeltez aristocrática,
liriosescarlata del Japón. El suelo estaba todo cubierto de esteras finas deNankín y junto a la
ventana enrejada, sobre un airoso pedestal desándalo, veíase abierto un abanico formado de
varillas de cristal, quela brisa, al entrar, hacía vibrar, con modulación melancólica y tierna.
Las montañas de fines de agosto en Pekín, son muy apacibles; ya vaga enel aire una calma
otoñal; a esa hora, el consejero Mariskoff y losoficiales de la legación estaban siempre en la
cancillería, despachandoel correo de San Petersburgo.

