Entonces comenzó mi vida de millonario. Dejé apresuradamente la casa dela viuda de
Marques, que desde que supo que era rico, me trataba dediferente manera sirviéndome ella
misma, con su traje de seda de losdomingos, arroz con leche, y otros platos por el estilo. Compré
unpalacio en Loreto; las magnificencias de mi vivienda, son bien conocidaspor los indiscretos
fotograbados que publicó «La Ilustración Francesa».Se hizo famoso en toda Europa mi lecho, de
un gusto exhuberante ybárbaro, cubierto de placas de oro labrado, y cortinajes de un rarobrocado
negro, donde ondean, bordados en perlas, versos eróticos deCátulo; una lámpara suspendida en
el interior derrama su claridadláctea y amorosa de una nube de verano.
Mis primeros meses de riqueza los pasé amando, amando con el sinceroapasionamiento de un
inexperto. La había visto, como en una página denovela, regando sus claveles en el balcón; se
llamaba Cándida, erapequeñita y rubia, habitaba una casita cubierta de enredaderas y
merecordaba por la gracia y por lo airoso de su cintura, todo lo que elarte ha creado más fino y
frágil: Mimí, Virginia, Julieta.... Todas lasnoches, en éxtasis místico caía a sus pies color de
jaspe; y por lamañana, al despedirme, dejaba en su regazo, algunos billetes de cienpesetas. Al
principio, ella los rechazaba con rubor, pero después losguardaba en su gaveta, llamándome
cariñosamente su ángel tutelar.
Un día en que yo andando sigilosamente sobre la espesa alfombra siria,entré en su tocador,
ella estaba escribiendo, muy pensativa, con un dedoen el aire. Al verme, pálida y trémula,
escondió el papel que ostentabaen tinta roja su monograma. Yo, en un arranque insensato de
celos, selo arrebaté. Era la carta, la carta, que, desde la más remotaantigüedad, la mujer siempre
escribe; comenzaba por el indispensable:«idolatrado mío», y era por un alférez de policía.
Arranqué aquel amor de mi pecho como una planta venenosa y desconfiépara siempre de los
ángeles rubios que conservan en su mirar azul elreflejo de los cielos que atravesaron.
Desde lo alto de mi oro, arrojé sobre la inocencia, el pudor, y otrasidealizaciones funestas, la
diabólica carcajada de Mefistófeles yorganicé fríamente una existencia animal, grandiosa y
cínica.
Al medio día, entraba en mi pila de mármol rosa, donde los perfumesderramados daban al
agua un tono opaco de leche: después, pajes rubios,de manos suaves, me daban fricciones con el
ceremonial de quien celebraun culto; y envuelto en un «robe-de-chambre» de seda índica,
atravesabala galería mirando a mis «Fortunys» y a mis «Curots» entre dos filassilenciosas de
lacayos, dirigiéndome al comedor, donde, servidos enplatos de Sévres, azul y oro, humeaban los
más suculentos manjares. Elresto de la mañana lo pasaba en un «boudoir» en que el mobiliario
era deporcelana fina de Dresde, y la profusión de flores hacían de él unverdadero jardín de
Armida; allí, reclinado sobre cojines de seda colorperla, saboreaba el «Diario de las Noticias»,
mientras lindas mujeres,vestidas a la japonesa, refrescaban el aire, agitando abanicos deplumas.
Por la tarde, iba a dar una vuelta a pie hasta el puente de las Almas:era la hora más pesada del
día. La turba abyecta se paraba a contemplarlos bostezos del Nabab fastidiado.
A veces sentía la nostalgia de mis tiempos de empleado. Entraba en casa,y encerrado en la
biblioteca, donde el pensamiento de la humanidadreposaba olvidado y encuadernado en
marroquí, cogía una pluma de pato ypermanecía horas enteras escribiendo sobre papel de oficio
del Estadoestas frases hechas de otro tiempo: