Read The Great
Gatsby
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—¿Cuántos?—preguntó servilmente el estanquero.
—¡Todos!—respondí brutalmente.
A la puerta, una pobre enlutada, con el hijo encogido en el seno, meextendió su mano
transparente.
No hallando una sola pieza de cobre entre mis bolsillos cargados de oro,la rechazé con
impaciencia, y con el sombrero echado sobre los ojos, memetí entre la turba.
Fué entonces cuando ví, adelantándose, la poderosa figura del DirectorGeneral;
inmediatamente me hallé con el dorso curvado y el sombrerocumplimentador en la mano. Era el
hábito de dependencia; mis millones nome habían dado aún la verticalidad de la espina dorsal.
En casa desparramé el oro sobre el lecho y me revolqué en él muchotiempo, gruñendo
sordamente.
La torre de al lado dió las tres; y el sol descendía llevándose consigomi primer día de
opulencia. Entonces, acorazado de libras, ¡corrí adivertirme!
¡Ah, qué día! Comí en un gabinete del Hotel Central, solitario yegoísta, con la mesa atestada
de botellas de Burdeos, Borgoña,Champagne, Rhin, licores de todas las comunidades
religiosas... ¡como siquisiera saciar de una vez la sed de treinta años! Después,tambaleándome,
entré en un lupanar. ¡Qué noche! La alborada clareódetrás de las persianas y me encontré
reclinado en un diván, exhausto ysemidesnudo, sintiendo el cuerpo y el alma desvanecerse,
disolverse enaquel ambiente tibio donde erraba un olor suave de polvos de arroz, dehembras y de
punch.
Cuando volví a la travesía de la Concepción, las ventanas de mi cuartoestaban cerradas, y la
vela expiraba con resplandores lívidos, en supalmatoria de latón. Entonces, al llegar junto a la
cama, ví una cosahorrible; estirado, a través de la colcha, yacía la figura del Mandarínmuerto,
vestido de seda amarilla, con la coleta suelta, y entre lasmanos, como muerto también, tenía un
papagayo de papel.
Abrí desesperadamente la ventana. Todo desapareció y sólo hallé sobre milecho, un viejo
paletó.
 

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