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Cabizbajo, cargado de millones sobre Rothschild, volví a mi cuarto piso.Pedí perdón a doña
Augusta, aceptando humildemente la comida que sedignó servirme; y pasé esta primera noche de
riqueza, bostezando sobreel lecho solitario, mientras fuera, el alegre Conceiro, el
mezquinoteniente con veinte duros de sueldo mensuales, reía con la viola unalegre «fado».
A la mañana siguiente, mientras me afeitaban, reflexioné sobre el origende mi riqueza. Era
evidentemente sobrenatural y sospechoso.
Mas como mi racionalismo me impedía atribuir estos tesoros imprevistos ala generosidad de
Dios o del Diablo, ficciones puramente escolásticas;como los fragmentos del positivismo que
constituían el fondo de mifilosofía, no me permitían la indignación de «las causas primarias,
delos orígenes esenciales», pronto me decidí a aceptar el fenómeno y autilizarlo con largueza.
Por lo tanto, corrí atropelladamente al «LondónBrasilian Bank».
Allí arrojé por el enrejado un cheque sobre el «Banco de Inglaterra», demil libras, gritando
esta deliciosa palabra:
—¡En oro!
Un cajero me respondió con dulzura:
—Tal vez le fuese más cómodo en billetes....
Respondí sécamente:
—¡En oro!
Llené mis bolsillos; y en la calle tomé un coche. Me sentíextremadamente gordo; tenía en la
boca sabor de oro y una sequedad depolvo de oro en la piel de las manos; las paredes de las
casas parecíanbrillar como largas láminas de oro, y dentro de mi cerebro rodaba un marde ondas
de oro.
Abandonado a la oscilación de los muelles, rebotando como un ordre malseguro, dejaba caer
sobre la calle la mirada torva de mis ojos llenos deamargura. En fin, tirando el sombrero sobre la
nuca, estirando lapierna, empinando el vientre, bostecé formidablemente.
Mucho tiempo rodé así por la ciudad, bestializado en un goce de Nabab.
Súbitamente, un brusco apetito de gastar, de disipar oro, vino a llenarmi pecho como una
ventolina que hincha una vela.
—¡Pára, animal!—grité al cochero.
El coche se paró. Miré a mi alrededor, con los párpados entornados,buscando un objeto caro
que comprar: joya de reina o conciencia deestadista; nada ví, y precipitadamente entré entonces
en un estanco.
—¡Cigarros! ¡de peseta! ¡de diez reales!

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