En que doña Guiomar comienza a contar su historia a Miguel
deCervantes.
—No puede llamarse con verdad desdichada la criatura que no
lo fuedesde su nacimiento, y aun en el seno yo de mi madre,
para mí empezó ladesdicha. Nací en esta hermosa ciudad de
Sevilla, y en su calle quellaman del Hombre de Piedra, y con tan
dura fortuna, que el instante delprimer aliento mío, fue el del
postrero de mi padre. Matáronle cuandonací yo, y a las puertas
de nuestra casa, siendo su muerte la más raratragedia que se vio
en los pasados tiempos, ni se verá en los venideros.
Era mi padre viejo, pero alentado y tan entero, que su vejez
parecíaprimavera bajo nieve, o invierno que bajo su hielo tenía
galas deprimavera. Natural de Méjico era mi padre, y rico, y a
Sevilla vino conunas galeras de rey, de las que era general.
Acudió el gentío a la Torre del Oro a ver la flota, y entre las
damasque estaban en los estrados que para ellas se habían
puesto junto a laorilla, asistía mi madre, que era una hermosa
doncella de veinte años, ytan desamorada y esquiva, que no
parecía sino que el amor no alentabapara ella, según que era de
desabrida con todos los que se rendían a losencantos de su
hermosura. Si la hubiera contentado el claustro,hubiérase
entendido que el santo amor de Dios no dejaba en su
corazónlugar para el amor al hombre; pero tampoco era esto,
porque una tíamonja que tenía en las del Espíritu-Santo quiso
llevársela consigo, a loque ella no se acomodó, diciendo que
Dios no la había hecha para que lasofocasen tocas ni monjiles,
ni para enojarse entre cuatro paredes.
