retrete, donde,como se ha dicho, y en un cuarto que a él daba,
había dejado encerradoal su desconocido amante, que la tenía
tan sin vida.
En que se sabe quién era el incógnito amante de doña Guiomar.
Trémula la mano, alborotado el corazón, encendido el bello
semblante yturbados los divinos ojos, doña Guiomar abrió la
puerta del cuarto, ydijo con la voz tan turbada que apenas si se
la oía:
—¡Eh, caballero, salid si os place, yo os lo ruego!
A cuyas palabras sólo respondió el silencio, como si nadie
hubierahabido en el cuarto, que ya se ha dicho estaba oscuro
como boca de lobo.
Vínosela otra vez a las mientes a la bella viuda, que aquel en
quienhabía creído ver a la dichosa persona que la enamoraba, no
había sido unhombre, sino un duende, que había tomado aquella
apariencia paraburlarla y atormentarla, y que, a causa de llevar
ella la milagrosamedalla del Santo Oficio, el duende había
huido; pero oyó a punto unocomo resuello recio de persona que
duerme, que allá de lo hondo deloscuro cuarto salía, cosa que
doña Guiomar sintió más que si en efectosu enamorado se
hubiese tornado en humo y desaparecido; porque quien detal y
tan sosegada y profunda manera se había dormido, cuando ella
lehabía dicho que la esperase, no debía ser muy extremado en
amar; queella sabía muy bien, y a causa de él mismo, que el
