casa de doña Guiomar, vieron que un bulto, que delante de ellos
iba,saltaba y se agarraba a las asperezas de una tapia, y se alzaba
y seestiraba, y por el caballete de la tapia desaparecía; y no
deteniéndosepor esto, siguieron familiar y alguacil su carrera,
dieron la vuelta,hallándose al fin del rodeo en la misma calle de
las Sierpes donde habíapasado la pendencia, y vieron que en ella
no había un alma viviente, nise oía otro ruido que el del
vientecillo de la noche, que zumbabadulcemente en las
encrucijadas.
Mandó el familiar al alguacil que allí le esperase, y él se fue a
lapuerta de la casa de la viuda, y llamó, y abrieron en cuanto
dijo cuálera su calidad y oficio y que la señora le esperaba, y
entró, se cerróla puerta, y la calle se quedó tan en silencio y tan
pacífica, comosolía estarlo a aquellas horas de ordinario.
De como, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su
amor,que tan acongojada la tenía.
Suspensa el alma, la mirada anhelante y fija por descubrir lo
queenvolvía en sus sombras la oscura calle; aguzando el oído
por coger unapalabra, entre el murmullo de las voces de los que
hablaban bajo susmiradores, que le fuese indicio de quiénes eran
los que en aquella horala rondaban, la hermosa indiana estúvose
con su doncella Florela; yasomándose a la entreabierta vidriera
de una ventana de su cámara, en lacual había matado la luz, toda
era cuidado y toda congojas; queenamorada estaba, no
embargante su viudez, lo que decía con hartaelocuencia que, o
no había amado al difunto marido, o que le había amadotanto,
