sacado la medalla, para que de ella, y por su propia voluntad,se
apartase aquella su negra enemiga. Y estando en esto, entró en
elcenador Florela, ya repuesta en su natural y propio traje de
doncella, yarrimose a doña Guiomar y quiso hablarla en secreto,
pero ella le dijo:
—Dime alto lo que tuvieres que decirme, que no hay
necesidad de queestos, mis buenos amigos, crean que yo tengo
algo oculto, y a más que esdescortesía.
—Pues, señora,—dijo Florela,—ahí está, y por vos pide, aquel
señorfamiliar que anoche vino, y dice que de graves asuntos
tiene necesidadde hablaros.
—Pues que allá voy dile,—respondió doña Guiomar.
Y como Florela se fuese, continuó:
—Cosa es la Inquisición a que no puede cerrarse la puerta ni
obligar aespera. Y así vosotros, amigos míos, me perdonaréis si
os dejo para ir aver lo que la Inquisición de mí quiere.
Y doña Guiomar, levantándose con no pequeñas muestras de
sobresalto, delcenador saliose llena de celosos cuidados, porque
a solas dejaba conMiguel a Margarita; y más cuidosa hubiérase
sentido doña Guiomar si enel alma de Cervantes pudiera haber
leído; que éste creyó que doñaGuiomar se encontraba en la
mezquina y dura ocasión de una dama de pocomás o menos, que
estando al lado de un su enamorado, la visita de otroenamorado
con quien tiene grandes respetos, y dejar de asistir a la cualno
puede, la anuncian.
