Dieron a este punto en la iglesia del Salvador las Ave-Marías
de lasdoce, y como un paje apareciese y dijese que ya la mesa
estaba servida yesperaba a los señores, doña Guiomar dijo:
—Pongamos por ahora punto redondo a la relación de los
negros sucesosde mi vida, que de ellos no ha de hablarse delante
de los criados, ydéjese la prosecución para después de la siesta,
que en el jardín nosjuntaremos.
Y con esto levantose la hermosísima viuda, y tras ella,
Margarita yCervantes a comer con ella se fueron.
De como se iban, cruzando los amores y apercibiéndose a una
rudabatalla los celos.
Tal era la mesa de doña Guiomar, y tan alhajada de ramilletes
y vajillade oro y plata, que no la mesa de una dama particular
parecía, sino ladel opulento Lúculo.
Sentáronse a la mesa con doña Guiomar y sus dos convidados,
doña Agueda,ya anciana, que aún junto a ella vivía, y su
capellán, docto licenciado,ya de edad provecta y de muy buenas
maneras y gracia, que la mesabendijo, después de lo cual, y de
haber servido lindas doncellas losaguamaniles, empezó la
comida, tan variada y tan suculenta, que más quecomida
ordinaria, banquete de Estado parecía.
Asomaba en todo clara y manifiesta la gran riqueza de la bella
indiana,y era de ver el lujo de las libreas de los pajes, que
solícitos ydiestros, y seis u ocho en número, las viandas servían,
