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El Maestrante

Las terribles dificultades que debían desurgir para el matrimonio de Emilita,a causa
de las opiniones antibélicasde su padre, se orillaron con más facilidadde lo que podía
esperarse. La historia no hablará(aunque mejor razón tendrá que para otrosmuchos
sucesos) de aquel día solemne en queNúñez fue de uniforme a pedir a D. Cristóbal
lamano de su hija, de aquel abrazo memorablecon que éste le recibió, estrechándole
calurosamentecontra su pecho civil, de aquella fusiónincreíble de dos elementos
heterogéneos creadospara repelerse, y que gracias al amor de un ángeldulce y
revoltoso se compenetraban y entendían.Si por casualidad esta página privada
fueseobjeto de atención para algún historiador, notendría más remedio que afirmar la
grandísimaimportancia de semejante concordia, que hastaentonces se había juzgado
inverosímil, y al mismotiempo presentar con imparcialidad el reverso,descubriendo a
las futuras generacionesen qué modo el benemérito patricio D. CristóbalMateo fue
víctima de una injusticia social yde la persecución de sus conciudadanos.
Es de saber, que todo el mundo en Lancia secreía autorizado para dar cantaleta a
este respetabley antiguo funcionario acerca del matrimoniode su hija. Unas veces
directa, otras indirectamente,siempre que tocaban tal punto aludíana las opiniones
contrarias al desenvolvimientode las fuerzas de tierra sustentadas porél hasta
entonces. Al matrimonio dio en llamársele«el aumento del contingente,» y algunos
llevaronsu procacidad hasta darle tal nombre delantede su futuro yerno. Fácil es de
concebircuánta saliva habría tenido que tragar antes deperder, como lo hizo, una
molesta y mal entendidavergüenza.
Pero a despecho de todas las diatribas y murmuracionesde los vecinos, que
reflejaban, en elsentir de Mateo, más que su naturaleza jocosa,la envidia que ardía en
la mayor parte de los corazones,«el aumento del contingente» se abríapaso. El plazo
fijado para realizarlo fue el mesde Agosto. Cuando llegó el momento había
adquiridotal importancia que, como sucede generalmenteen los pueblos pequeños,
apenas se hablabade otra cosa. Las relaciones del Jubiladoy sus cuatro hijas eran
numerosísimas, y todasellas aspiraban a ser invitadas el día de laboda. Por otra parte,
la misma aspiración alimentabanen su pecho algunos dignos y pundonorososoficiales
del batallón de Pontevedraamigos del futuro. No siendo posible reunir tantagente en el
hogar poético del Jubilado, se pensóen celebrar la boda en el campo. La casa mása
propósito era la de la Granja por su proximidada la población. D. Cristóbal se la pidió
alconde, con quien tenía extremada confianza, lomismo que sus hijas, y éste se
apresuró a ponerlaa su disposición.
En la iglesia de San Rafael se consumó demadrugada aquella venturosa alianza,
prendasegura de paz entre el elemento civil y el militar.Bendíjola fray Diego que, por
ser el sacerdotemás bizarro y el más firme bebedor de anisadode la capital, gozaba de
gran prestigio entrela oficialidad. Asistieron al acto más de veintedamas y casi otros
tantos caballeros. Encuanto terminó se trasladaron todos a la Granjapara pasar allí el
día. Por hallarse tan cerca dela población no se necesitaban carruajes. Sinembargo,
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