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El Maestrante

su corazón se apretaba,se apretaba poco a poco, como si todos ellos lofuesen
oprimiendo entre sus manos, uno despuésde otro, para hacerle daño. Pero su rostro
permanecíaimpasible. Ni la más leve contracciónacusaba el dolor que la mordía.
La tertulia se deshizo a las doce, como siempre.Fernanda sintió gran consuelo al
respirar elaire frío y húmedo de la noche. Tenía ansia dequedarse a solas con su
pensamiento y darsecuenta cabal de lo que acababa de aprender.
Había llovido mucho. Las calles, empedradasde grueso guijarro, resplandecían a la
luz delos reverberos. Al salir de la casa unos tomaronpor la calle abajo; otros, entre
ellos Fernanda,hacia arriba en dirección a la plaza. Pocos pasoshabían dado cuando
sintieron el estrepitosotrotar de unos caballos que doblaban en aquelinstante la
esquina y bajaban hacia ellos.
—Ahí está el barón y su criado—dijo ManuelAntonio.
Era la hora, en efecto, en que el excéntrico barónde los Oscos salía a dar su paseo
habitualpor las calles de Lancia. Su famoso caballo lasdesempedraba haciendo
cabriolas, levantandotal estrépito que, aun siendo el corcel de sucriado mucho más
paciente, parecía que atravesabala ciudad un escuadrón. Al cruzarsecon los tertulios,
Manuel Antonio, con el desparpajoque le caracterizaba, gritó: «Buenasnoches barón.»
Pero éste volvió hacia ellos elrostro espantable, los miró fijamente con susojos
encarnizados y siguió adelante sin contestar.El marica, corrido, dijo:
—¡Va borracho, como siempre!
Todos asintieron burlando. Pero en el fondosintieron todos, unos más y otros
menos, el mismoestremecimiento al ver aquella figura siniestra.Fernanda, por mujer y
por el estadoespecial de su alma, se inmutó visiblemente:después de pasar siguió
todavía con ojos detemor a los dos jinetes hasta que se perdieronentre las sombras.
Al meterse en la cama, con el corazón apretado,quiso analizar la emoción que la
dominaba;quiso remontarse a la causa. Sintió vergüenzade ella. Su orgullo le hizo
exclamar con rabia yen voz alta:
—¿A mí que me importan esas picardías? ¿Quétengo que ver con él ni con ella?
Pero acabado de proferir tales palabras sintiólas mejillas caldeadas por el llanto. La
herederade Estrada-Rosa se volvió rápidamente yhundió el rostro, cubierto de rubor,
en las almohadas.
VII
El aumento del contingente.
 
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