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El Maestrante

pálida, pendientede los labios de María Josefa, como si de ellosesperase la salud o la
muerte. Aquélla advirtióbien su turbación, y dijo después de mirarla uninstante
fijamente:
—No te lo digo... ¿Para qué?... Acaso sea todouna calumnia.
Fernanda se repuso instantáneamente.
—Está bien—respondió haciendo un gesto dedisplicencia.—Cálleselo. Después de
todo, ¿amí qué me importa todo eso?
Este gesto hirió a la solterona, que se apresuróa decir con aguda sonrisa:
—Pues precisamente porque a tí te importaes por lo que temo decírtelo.
—No entiendo...
María Josefa se inclinó hacia ella y le dijo:
—Porque dicen que el padre de la criatura esLuis.
Como ya antes había sentido la puñalada,Fernanda quedó impasible y preguntó con
indiferencia:
—¿Qué Luis?
—El conde, muchacha.
—¿Y por qué me ha de importar a mí que seaLuis el padre?
María Josefa quedó un poco desconcertada.
—Como ha sido tu novio...
—¡Pero como ya no lo es!—replicó encogiéndosede hombros desdeñosamente.
Y se puso a hablar con Granate, que tenía delotro lado. Aquella indiferencia era
pura comediaque su orgullo lograba representar. Unatristeza inexplicable y penetrante
cayó sobre sualma y la invadió por completo, sin dejarle fuerzaspara pensar ni para
hacer nada. Si Granateno fuese un animal, hubiera comprendido enseguidaque la
sonrisa con que acogía sus barbarismosy barbaridades era una verdadera muecasin
expresión alguna, y que los monosílabos yrespuestas incoherentes que dejaba escapar
desus labios denunciaban bien claramente que nole escuchaba a él, sino a Paco
Gómez, ManuelAntonio y los demás que seguían charlando dela niña expósita.
¡Con qué interés ardiente recogía todas laspalabras que se cambiaban entre aquellos
maldicientes!Y a medida que iban poniéndole enclaro el suceso y que iban
acumulando pormenores,entreverando frases burlonas y reticenciasde efecto cómico,
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