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El Maestrante

Con estos antecedentes el terrible humoristade Lancia marchaba sobre terreno
seguro. Fuerade los tres o cuatro amigos que le ayudarona persuadir a D. Santos, a
nadie dio parte de laintriga; pero el domingo por la tarde, vísperadel acontecimiento,
lo mismo Manuel Antonioque él, lo fueron pregonando por todos los gruposy
citándose para el día siguiente en el caféde Marañón. En provincia, donde son escasos
losmedios de divertirse, se toma muy por lo serioesta clase de bromas, se preparan
con fruición,se paladean de antemano. La de Paco fue acogidacon vivo entusiasmo
por la juventud laciense.La víctima no era un pobre diablo, cómo solíaacontecer, sino
un ricachón. Esto le prestabadoble atractivo. En el fondo de todos los corazoneshay
siempre unos granitos de odio parael que tiene mucho dinero. Corrió por el paseola
voz, y al día siguiente se presentaron en elcafé de Marañón más de cincuenta
mancebos.
Pero no se dieron a luz en tanto que no pasóGranate. El café estaba situado en un
piso principal(por aquel tiempo no se usaban los bajospara este destino) de la calle de
Altavilla, casienfrente de la casa de D. Juan Estrada-Rosa.Ésta era grande y suntuosa,
aunque no tantocomo la que recientemente había construido donSantos. La del café,
vieja y de ruin apariencia.El local que ocupaban los parroquianos, una saladonde
estaba la mesa del billar y dos gabinetesa los lados con algunas mesillas de madera
parael consumo, todo sucio, lóbrego, sobado. ¡Cuánlejos aún los tiempos de que se
estableciese enuno de los bajos de aquella misma calle el magníficocafé Británico,
con mesas de mármol, espejoscolosales y columnas doradas como losmás elegantes
de Madrid!
Espiando por detrás de los visillos aquellaflorida juventud, ávida de los goces
estéticos,vio pasar a Granate correctamente vestido, balanceandosu torso colosal
sobre unas piernasque no lo merecían. Le vieron entrar en casa deEstrada-Rosa y
hasta oyeron el ruido del picaporte.Nada más. Inmediatamente se abrieronde par en
par los balcones del café y se llenaron.Los que no tenían sitio se encaramaron ensillas
detrás de sus compañeros. Todos los ojosse clavaron en el portal de enfrente.
Esperaroncerca de un cuarto de hora.
Al cabo la fisonomía violácea de Granate aparecióde nuevo. Daba miedo. Aquella
cara parecíaya un terciopelo como si estuviese ahorcado.Las orejas tenían el color de
la sangre. A suaparición estalló una salva de toses y estornudosy gritos y aullidos. El
indiano alzó la cabezay paseó su mirada atónita por aquella
muchedumbredescompuesta que le sonreía, sin comprenderla razón. Tardó poco, sin
embargo, endarse cuenta de que era víctima de un bromazo.Sus ojos se clavaron
entonces feroces en el concurso,y exclamó con un desprecio que nada teníade fingido:
¡Méndigos!
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