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El Maestrante

—¡Qué musculatura, chico! ¡Qué hombros!
—Con estos hombros que aquí ves—dijo elindiano con orgullo—se han ganado
muchos milesde pesos.
—¿Cómo? ¿Cargando sacos?
—¡Sacos!—exclamó Granate sonriendo condesprecio.—Eso es pa la canalla. ¡Cajas
deazúcar como vagones!
El Bombé estaba desierto en aquella hora.Era un paseo amplio en forma de salón,
reciénconstruido en lo alto del famoso bosque de SanFrancisco, desde donde se
señoreaba todo. Estebosque de robles corpulentos, añosos, retorcidos,algunos de los
cuales pertenecían a la selva primitivadonde se fundó el monasterio que dio origena
Lancia, servía de sitio de recreo y esparcimientoa la población, hasta cuyas primeras
casas llegaba.Permaneció siempre en lamentable abandono;pero la última corporación
municipal habíallevado a cabo en él magnas reformas que le habíanvalido los
aplausos de los espíritus innovadores:un paseo, algunos jardinillos alrededor yuna
calle enarenada entre los árboles, que le poníaen fácil comunicación con la ciudad.
Los díasde labor no paseaban por él más que algunosclérigos con sus largos manteos
negros y enormesombrero de teja, llevando algún seglar enmedio,dos o tres pandillas
de indianos disputandoen voz alta sobre el precio de los cambios o elvalor de los
solares de la calle de Mauregato, reciénabierta, y tal cual valetudinario, que veníaa
primera hora a tomar el sol, y se retiraba tosiendoen cuanto sentía la humedad de la
tarde.¿Y las damas?... ¡Ah! Las damas lacienses sabíanperfectamente lo que se debían
a sí mismasy estaban dotadas de un sentimiento harto delicadode las leyes del buen
tono para exhibirseen días que no fuesen feriados. Y aun en éstosno lo hacían sino
tomando las debidas precauciones.Ninguna dama de Lancia cometía la bajezade
presentarse en el Bombé los domingosmientras no estuviesen paseando en él
algunasotras de su categoría. Pero esto era de una dificultadinsuperable, dada la
unanimidad de pareceres.De aquí que, aderezadas ya desde las tresde la tarde, con el
sombrero y los guantes puestos,aguardasen al pie de los balcones, espiándoselas unas
a las otras por detrás de los visillos.«Ya pasan las de Zamora.» «Ahora vienenlas de
Mateo.» Sólo entonces se aventurabana lanzarse a la calle y subir poco a poco ycon la
debida majestad hasta el paseo, dondehacía ya dos horas la banda municipal
ejecutabadiversas fantasías sobre motivos de Ernani o Nabucopara recreo de las
niñeras y algunos apreciablesalbañiles. Ni se crea, sin embargo, quela sociedad
distinguida de Lancia entraba así degolpe y porrazo en el arenoso salón. Nada deeso.
Antes de poner el pie en él subían a otro paseítosuplementario que había poco más
arriba.Desde allí exploraban el terreno, observaban«si alguna se había atrevido.» Por
fin, cuandolas sombras comenzaban a espesarse ya en lascopas de los añosos robles, a
la hora en que laniebla descendía de las montañas apercibida afijarse en las narices, en
la garganta y en losbronquios del honrado vecindario, todas las bellezasindígenas
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