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El Maestrante

—No, no eres cobarde; pero inocente sí...Por eso te quiero, te quiero más que a mi
vida.¿No es verdad que te quiere tu filleta? Soy tuya...Tú eres mi único amor. Yo no
soy casada...
Y con caricias de gata mimosa le paseaba susmanos finas y pálidas por el rostro,
estampabaen él menudos, infinitos besos, le anudaba losbrazos al cuello, se lo mordía
con leves y fugacesmordiscos de ratón. Y al mismo tiempo,ella, tan grave y silenciosa
en visita, hacía fluirde sus labios un chorro constante de palabritasmelosas que le
adormecían y embriagaban. Elfuego, que se adivinaba al través de sus grandesojos
misteriosos y traidores, brotaba ahora convivas llamaradas. Era el goce de la
sensualidadel que se desprendía de su ser; pero era tambiénel deleite maligno del
capricho cumplido, de lavenganza y la traición.
El conde de Onís se sentía cada día más subyugado.Las caricias de su amada eran
abrasadoras;pero los ojos guardaban siempre, en lomás hondo, un reflejo cruel de
fiera domesticada.Sentía amor y miedo al mismo tiempo. Algunavez su espíritu
supersticioso llegaba a imaginarsi un demonio tentador habría venido a alojaren el
cuerpecito endeble de aquella valenciana.
Después de anunciar tres o cuatro veces quese marchaba, sin llevarlo a cabo por
impedírseloella, viéndose al cabo libre de sus brazos, se levantóde la butaca. La
despedida fue larga comosiempre. Amalia no le soltaba hasta que le veíaebrio,
intoxicado por la violencia de sus caricias.Jacoba le esperaba en el corredor.
Despuésde conducirle por éste y otros varios hastala estancia donde se hallaba la
escalerita excusadaque iba a la biblioteca, le hizo seña de queaguardase y bajó sola
para cerciorarse de que nohabía nadie en los pasillos. Tornó a subir paraavisarle; el
conde descendió, apagando cuantopodía el ruido de sus botas. A la puerta del
pasadizola medianera le dejó, después de abrirlela puerta. Bajose otra vez hasta tocar
con lasmanos en el suelo para no ser advertido de lagente que pasase por la calle, y en
esta formaatravesó el pasadizo de la tribuna. Abrió lapuerta y entró. La oscuridad le
cegó. En cuantodio algunos pasos sintió un golpe en la espalday oyó una voz ronca
que decía al mismo tiempo:
—¡Muere, infame!
Se heló en sus venas la sangre y dio un saltohacia atrás. Entre las sombras espesas
pudo distinguirun bulto más negro aún. Veloz como unrayo se precipitó sobre él, y lo
hubiera aniquiladobajo su enorme cuerpo si no sintiera unacarcajada reprimida y al
mismo tiempo la vozde Amalia.
—¡Cuidado, Luis, que me vas a hacer daño!
La sorpresa le dejó mudo unos instantes.
—¿Pero por dónde has venido?—dijo al cabo.
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